HISTORIA DE Chelsea Camaron y MJ FIELDS

LENGUAJE ADULTO

miércoles, 5 de octubre de 2016

CAPITULO 31 (SEGUNDA HISTORIA)






Esa noche me estaciono en su casa y Emi sale.


―Iré por ella.


Paula quería esperar hasta que fuera la hora de acostarse de la pequeña para nuestra cita y no podía culparla ni un poco. Además, Emi tenía ganas de venir y hacerse cargo de la pequeña. Martin se va a encontrar con ella aquí cuando cierre el bar, lo cual es absoluta y malditamente perfecto. 


Eso significa que puedo estar con Paula y quedarme por un tiempo.


Esta noche, recuperaré mis bolas y espero acabar con ellas todavía en mi posesión.


Salgo de mi auto cuando la veo aparecer. No usa negro hoy, sino una falda larga hasta el tobillo de color amarillo claro y una blusa blanca.


―Lo caballero dicta que debo decir “Te ves absolutamente asombrosa”, porque lo haces. Nunca en mi vida he visto algo tan hermoso. Pero también me pregunto si te das cuenta que voy a tener una erección toda la noche.


Se inclina hacia adelante y me besa con dureza, su lengua presiona ligeramente mis labios y me abro a ella. Le permito conseguir una probada y luego tomo lo mío. Cuando me quedo sin respiración, me aparto tristemente, dejando mi frente contra la suya.


―Cristo, pequeña mamá ―gimo, entonces retrocedo, abro la puerta, tomo las flores y se las entrego―. Espero que te gusten las rosas.


―¡Mierda, Pedro! ¡Esas son muchas flores! Cuestan demasiado, devuélvelas.


―Tengo mis bolas de regreso esta noche ―abro más la puerta―, aunque intentaste robarlas en este momento. ―Me agarro a mí mismo―. Síp, todavía están ahí. Oh, para que lo sepas, no tienen espinas. Se las corté. No te preocupes, sin embargo… su belleza todavía está protegida. Segura conmigo, a salvo contigo, segura…


―Está bien. ―Traga y las mira―. Son hermosas.


―No tan hermosas como tú. ―Me acomodo a mí mismo―. Cristo.


Cierro la puerta y la veo sonreír radiantemente mientras las huele.


Entro, me abrocho el cinturón, arranco el auto y la miro de nuevo.


―En la cena, tienes que sentarte enfrente de mí, no a mi lado, porque no puedo prometerte mantener mis malditas manos quietas.


Levanta la vista de las flores, se cubre el rostro y ríe.


―Gracias por las flores.


Extiendo la mano y tomo la suya, llevándola a mi boca y besándola. Su piel es suave y huele bien. No puedo evitarlo… le doy un lametón. Cuando no la retira, le doy otro.


Lleva mi mano a su boca y me devuelve el beso. Luego se recuesta en su asiento y exhala larga y lentamente.


Está relajada. Joder, incluso parece estar divirtiéndose. Y estoy… jodidamente duro.


―¿Te importa si te muestro algo antes de ir al restaurante?


―Claro.


―¿Confías en mí?


Abre los ojos y me mira.


―Sí. Sí, lo hago.


―Boca. Por favor.


Después de besarla agradable y lentamente, me reclino sintiéndome muy bien. Realmente bien. Nunca jodidamente mejor, en realidad.


Pongo el auto enfrente del edificio de cuatro pisos y estaciono.


Mira por la ventana, después de nuevo a mí.


―¿Es esto lo que querías mostrarme?


―Síp. ―Abro la puerta, salgo y abro la suya―. ¿Vienes conmigo?


―Por supuesto…


Caminamos por el callejón entre los dos edificios. Detrás hay un estacionamiento con un pequeño garaje y más allá de eso hay un gran patio con una valla que rodea ambos lados y la parte de atrás. Es más grande que la mayoría en la ciudad.


―Estoy bastante seguro que voy a comprar este lugar.


―¿Para qué? ―pregunta, mirando alrededor.


―Algo así como una casa o refugio para mujeres. Mujeres con niños, para ser exactos. Mujeres…


―Como yo. ―Frunce el ceño y veo la pared levantándose.


―No, como mi mamá.


Me mira.


―Mi esperanza es darles un hogar, un lugar al que puedan ir hasta que puedan lograrlo por sí mismas, tal vez encontrar algunas personas en situaciones similares. Ya sabes, una fraternidad, o…


―Una hermandad ―me corrige, y me aprieta la mano.


―Tal vez, si ven a otras que han estado allí, que han hecho eso y escapado, también puedan hacerlo. Por lo menos, les dará un lugar donde sus hijos y ellas puedan acostarse por la noche sin tener que preocuparse de que alguien venga y
las golpee como el infierno, las fuerce a…


―Me gusta, pero hay tal estigma asociado a lugares como este. Algunas personas ni siquiera considerarán venir.


―Sin embargo, algunas lo harán. Joder, si una lo hace, eso significa que ayudé a hacer el bien.


―¿Cómo lo pagarás?


―Vendí mi casa en Atlantic City.


―¿Eras dueño de una casa allí también?


―Síp. No iba mucho, sin embargo. Me atraía más Las Vegas. Ahora sé por qué.


Aparta la mirada con las mejillas enrojecidas.


―En el primer piso habrá una oficina, sala de estar, cocina y comedor. El segundo y tercer piso podrán tener cuatro pequeños apartamentos de tres dormitorios. Así serán ocho apartamentos, y todos amueblados. Con estancias de
noventa días, lo que les dará tiempo suficiente para encontrar un trabajo, un lugar propio y con suerte ganar algo de fuerza, o, por lo menos, darles esperanza.


―Deberías tener en cuenta seis de dos habitaciones. Poner literas, cuatro en cada cuarto. Las madres tomarían una litera. Infiernos, se quedarían en el suelo si eso significara que sus hijos estarían a salvo.


―No todas las madres, Paula.


―Las que realmente quieran algo mejor. ―Asimilo sus palabras―. Terminarás con un lugar lleno de ocupas, personas “dame-dame”, si no empiezas a endurecerte y estableces normas y expectativas. Algunas personas no quieren ir por su cuenta. Algunas personas no tienen intención de hacer el trabajo que se necesita para romper un ciclo.


―Mi chica sería…


―¿Tu chica?


―Está bien, mi pequeña mamá.


―De nuevo, ¿”tu”?


―Necesito recordarte que esta noche estoy en posesión de mis bolas.


―Tengo que recordarte que no hay etiqueta en esta relación.


―¿Serás mi novia, Paula? ¿Saldrás conmigo en exclusiva? ¿Harás…?


―Cállate. ―Suelta una risita y me empuja―. ¿Qué edad tenemos?


―Está bien, entonces sé mi chica y de nadie más.


―No he estado con nadie…


―Sé mía.


―Nadie me posee, Pedro.


―No es una cosa de propiedad. Eres libre de cancelarlo cuando quieras. Infiernos, puedes mantener las bolas, menos en la cama y cuando salgamos. Pero sé mía.


―Tú sé mío. ―Coloca las manos en sus caderas, haciéndome reír. Luego niega y baja la mirada―. Qué tal si salimos en exclusiva.


La acerco a mí con fuerza y la beso como un estúpido, su cuerpo se funde en el mío. Cuando tomo y doy lo que necesito, lo que ella necesita, me aparto.


―De acuerdo.


―Pedro, me gusta lo que estás comenzando aquí. Es admirable y manda un mensaje claro acerca de quién eres. Pero, por favor, no me pidas ser parte de ello.


―No voy a hacerlo.


―No estoy lista para asumir algo más. Tengo mi libertad, a mi hija, un trabajo, un lugar propio. Necesito esas cosas.


―Lo sé. Es por eso que no te lo pedí.


Mira hacia arriba.


―¿El cuarto piso?


―Esa va a ser mi casa.


―Esa es una caminata.


―Hay un ascensor de carga, accesible sólo para mí.


―Es una gran empresa.


―No estará lista en una noche. Puede tomar un año, pero va a cambiar vidas.



****


Después de la cena, el estacionamiento y de casi convencerla para que me deje tenerla en el asiento trasero del auto, nos dirigimos de nuevo a su casa.


Martin y Emilia se van y terminamos en su dormitorio, en el suelo.


Me estoy quitando la ropa cuando me pregunta:
―Así que no más Las Vegas, Atlantic City o…


―Un viaje más a Las Vegas. Tenía la intención de hablar contigo acerca de eso. Me gustaría que vinieses.


―No sé si es una buena idea, Pedro. Yo…


―Tu ex está en la cárcel, irá a juicio por unos diez cargos diferentes y he sido llamado para testificar.


―¿Tú? ¿Por qué?


Respiro profundamente, listo para soltarlo todo.


―¡Por qué!


―Un juego, una apuesta que creyó que ganó, pero al final, no lo hizo. Él…


―¿Qué juego? ¿Cuál apuesta?


Le digo todo, no me guardo nada. Una vez que termino, mira al techo durante un tiempo antes de finalmente hablar.


―Así que, por eso el interés en Camila. Sientes como que tú…


―El interés por Camila comenzó porque estaba enamorándome de su mamá. Pero entiende, lo habría hecho por cualquier persona que tuviera a un patán hijo de puta pensando que la poseía. No importa cuántas veces te diga que quiero que seas mía, no quiero poseerte. No de esa forma.


―Tienes que irte.


―No he terminado aquí. Ni por asomo, y porque todavía técnicamente poseo mis bolas por ahora, vas a escucharme. ―Su rostro se enrojece, lo que me dice que está lista para explotar―. Cuando conducía fuera de Las Vegas, me
siguieron. En un semáforo, una camioneta negra se subió literalmente sobre mi puto Porsche. Cuando salí, tu ex emergió de la camioneta con una barra de hierro y tuvo algo de diversión con mis costillas, después con mi rostro. Es por eso que volví más tarde, pero no quería que lo supieras porque no es tu puta culpa.


―Entonces, ¿de quién fue?


―Mía. Podría haberle dado una paliza, podría haber salido ileso, pero disfruto un poco del dolor. Le permití golpearme como el infierno, sabiendo que la policía lo estaba viendo. Sabía que vendrían para apartarlo. Lo que no esperaba era que me amenazara con matarme cuando estaba esposado, el estúpido hijo de puta. No tengo ni idea de cómo sigue vivo. Un hombre así, jodiendo a la gente de la manera en que lo hace, debería haber muerto desde hace mucho tiempo. Pero ahora, puede pudrirse tras las rejas mientras Camila y tú viven.
»Si quieres decirme que me vaya a la mierda,Paula, si me quieres fuera de tu vida porque todavía no puedes ver lo que significas para mí, entonces me alejaré, sabiendo que estás a salvo. Pero si puedes confiar en tus sentimientos y en lo que te digo, entonces esto podría ser jodidamente perfecto. Tómate tu tiempo y piénsalo. ―Me vuelvo para irme, después me detengo―. Quiero que te sientes a mi lado en ese juzgado en Las Vegas. Quiero que veas con tus propios
ojos que no te puede tocar. También quiero los miércoles por la noche con Camila, porque esa mierda va a doler si se detiene, tanto como va a doler si tengo que alejarme de ti. Faltan dos semanas hasta Las Vegas. Haz lo que sea que creas que necesitas hacer. Simplemente avísame.


Camino hacia la puerta, con ella siguiéndome, entonces me doy la vuelta y la miro a los ojos.


―Te mereces mucho más que vivir tu vida con miedo.


―No tengo miedo de nada ―sisea mientras las lágrimas caen por su rostro.


―Pruébalo.







CAPITULO 30 (SEGUNDA HISTORIA)





No me jodas, pienso al incorporarme tiempo después de que se haya quedado dormida mientras la observaba. Tranquila, hermosa y satisfecha.


Sin descaro, tampoco.


Cierro los ojos por un momento, todavía pensando en esta pequeña mamá que cree que tiene que ser toda ruda menos con la pequeña… o cuando tengo mis manos sobre ella. 


Nunca antes en mi vida me he encontrado con alguien que casi se queda laxo por mi toque.


Al principio, pensé que se trataba de mí, pero luego supuse que era circunstancial, porque así es como lo ha tenido… sin opción. Con ese entendimiento, con mi ego seriamente desinflado, pero de vuelta ahora, todo se ha amplificado en platino y con el conocimiento de que ella lo siente. Sabe que
voy a dárselo. Diablos, voy a dárselo una y otra vez antes de tomar lo mío. Eso es muy sexy, joder.


Me pongo de pie y el colchón de aire parece un maldito balancín, con ella en el lado de abajo.


Sus ojos se abren mientras se sobresalta y tomo su brazo. 


Entonces, empieza a temblar y a tratar de recuperar el aliento, asustada. Me siento rápidamente y la sostengo, para asegurarle que está despierta y se encuentra bien, y esa resulta ser una mala idea también.


La pequeña mamá es como palomitas de maíz en una fogata.


―Paula ―digo sujetándola.


―¿Qué demonios está pasando? ―jadea.


―Cristo, estás bien; estás temblando.


―¿Estoy bien? No. Yo sólo… sólo…


No puedo evitar sonreír porque, aparte de estar muy asustada, esa mierda ha sido divertida.


Me mira como si estuviera loco y luego veo una sonrisa ampliarse.


―Fuiste pateada en el culo por este maldito colchón de aire. Necesitas una maldita cama.


―Camila necesita un cabecero antes de que yo tenga una cama.


―Nena, tiene un colchón, un somier y un marco para la maldita cama. Creo que ya la pusiste primero y es el momento de que obtengas un colchón. No es que hacerlo contigo aquí no fuera una buena experiencia, pero terminamos en el suelo y…


―Bien, entendido.


―Cama King.


―Queen ―contrarresta.


―Voy a comprarte una…


―No, no lo harás.


―Es un jodido peligro para la seguridad y, si planeas que esté aquí de nuevo, voy a comprar una maldita cama.


―Absolutamente no.


―Bien, entonces usarás un casco.


―Oh, de acuerdo.


Nos miramos a los ojos, determinados a no ceder, y luego sonríe y niega.


―Voy a comprar una cama matrimonial la próxima semana.


―No si quieres hacer esto rápido. Es un regalo, Paula.


―No, es el fin de…


―Pequeña mamá terca.


―Independiente ―me corrige de nuevo.


―Increíblemente sexy. ―Pongo mi boca sobre la de ella, devastando su dulce boquita. Su cuerpo se ablanda contra mí mientras gime y retrocedo―. Necesito salir de aquí antes de que la pequeña despierte.


Se levanta, se pone su camiseta y pantalón de chándal y me sigue hasta la puerta.


―Quiero llevarte a una cita. ¿Puedo tener mis pelotas de regreso el tiempo suficiente como para hacer eso?


Sonríe, y es cegadora y hermosa. Incluso mejor, no hay exterior duro para ocultarse, así que la veo.


―Pequeña mamá, sigue mirándome de esa manera y te voy a tomar aquí mismo. La noche del domingo. No hagas planes. Seremos tú y yo… una cena, una película, si lo deseas, enrollarnos en el estacionamiento y, luego,
terminaremos en la parte de atrás de la Escalade porque voy a necesitar una probada. Después de eso, podrás tener mis pelotas de vuelta, ¿me entiendes?


Sonríe y asiente. Sin discutir, sin dudar.


―¡No me jodas! Tengo que irme. ―Me inclino y tomo su boca de nuevo, después me voy con una erección.






martes, 4 de octubre de 2016

CAPITULO 29 (SEGUNDA HISTORIA)






―Dime algo bueno, Paula ―pide Julian mientras le pongo la bebida delante. Alzo una ceja y lee mi no respuesta―. Chica, lo tienes bien, pero cuéntame algo bueno.


―Tengo mi casa, gracias a ti.


―No gracias a mí. Soy un bastardo egoísta que quiere tener una vecina atractiva. ―Me guiña el ojo mientras se bebe el vaso.


―Lo que dicen de los niños es cierto, son fuertes. Camila parece acostumbrare bien. De hecho, esto puede ser lo más feliz que la he visto nunca. Entre su tiempo con Sally, Emi y esos muchachos Alfonso, pone más atención ahora que nunca antes. Además, tenemos a esta vecina que nos ayuda a sentirnos seguras y le encanta hornearle galletas. ―Sonrío, pensando en lo bonito que es tener al lado a alguien con quien me siento cómoda.


―Necesito otra copa además de esa, Paula. Me alegra ver que son felices. Tienes que saber que no siempre he mantenido seguras a las personas cercanas a mí. No soy fiable para eso. Esos muchachos Alfonso, sin embargo, mantendrán un ojo en ti.


―Julian, de todas las cosas que he atravesado, eres una de las más personas confiables que conozco.


―Tengo un pasado, mujer. No es uno lleno de chistes o cuentos de hadas. Es oscuro, feo y es todo mi culpa.


Le sirvo otro trago y me inclino.


―¿Quieres hablar de ello?


―Cuando puedas revivir a los muertos, entonces podremos hablar. Hasta entonces, solo sé que eres de la familia de los Alfonso y que se ocuparán de ti.


―Bueno, Julian, ahora para mí eres familia, y quiero cuidar de ti.


―Un día diferente, en un tiempo diferente, tal vez las cosas podrían haber sido diferentes. Sin embargo, no lo son, así que jugamos las cartas que nos tocan; como tú, pequeña mamá. ―Julian sonríe mientras me llama por el apodo de
Pedro―. Cuando las cartas en tu mano sean fuertes, mantenlas, no las descartes y te arriesgues a perderlo todo. Pedro es bueno. Paula, juega tu mano con él y mira a dónde va, eso es todo lo que estoy tratando de decirte.


―Eres un hombre prudente, Julian.


―Viví una vez, Paula. Amé una vez, profundamente. Perdí todo… por la botella, nada menos. Vengo aquí para escapar de eso. Solamente, que en ti, veo a esa mujer que es hermosa, fuerte, independiente y que está aterrada de su cabeza. Así que, en lugar de beberme mi día y sacudir una sola línea, quiero ayudarte a ver lo que todos los demás pueden ver en ti. Todos estamos tirando para que bajes
la guardia y, al mismo tiempo, no te asustes de tu maldita sombra. Emi ha estado ahí. Lo atravesó y tú también lo harás.


Mientras termino mi turno, pienso duro en las palabras de Julian. Emi y yo nos hemos vuelto cercanas durante mi tiempo aquí. Las bragas que lleva, frotarse el trasero como un tipo de “locura”, como dice Martin; y es inspirador. No sé
los detalles de su pasado, pero puedo ver su futuro y está lleno de esperanza, promesa y cosas muy buenas.


Suspiro y susurro al bar vacío mientras cierro:
―Oh, mamá, ¿dónde estás para poder hablar contigo ahora?


―Me siento de la misma manera la mayoría de los días, Paula. ―Eso viene de Lucas, que gira la esquina detrás de la barra después de cerrar la caja registradora por la noche.


Nunca he dejado de pensar en esta monumental cosa en  común que comparto con Pedro, ambos perdimos a nuestras madres. La mía estaba lejos de ser perfecta, pero al final de cada día, era mi mejor amiga. Nos reíamos,
hablábamos hasta que se ponía el sol más veces de las que puedo contar y, en todo el caos, ni una sola vez me hizo sentir sola. Incluso si me convenció de que estar con Monte era algo bueno, estaba ahí para sostenerme la mano y atravesar conmigo los tiempos más oscuros. No estuve sola hasta que se fue. Entonces vino Camila y llenó mi vida una vez más. Solo que, Camila no tiene el vacío de perder a su madre, igual que Pedro y yo. Espero que llegue a vieja y tenga el cabello gris antes de que se enfrente a esa clase de pérdida.


Miro fijamente a Lucas mientras se sirve un trago. Cuando hace lo mismo para mí, niego y levanto las llaves del auto.


―Veo una gran cantidad de ella en ti ―comenta antes de tomarse su bebida.


―¿En serio?


―Sí. Mamá fue un descarado volcán hasta el final. Tuvo que pelear, Paula, peleas reales ―se da un golpe en el pecho― del tipo que viene de aquí. Te podrías haber quedado con ese puto Monte, pero no lo hiciste. Saliste. Peleaste por tu libertad y más que eso, luchaste por tu niña. Tienes corazón, Paula.


Se me llenan los ojos de lágrimas.


―Soy un desastre, Lucas.


―En absoluto. Tienes que dejar entrar a la gente, tienes que dejar que las personas te ayuden, Paula. Pedro, te dará la seguridad que nunca has tenido, pero tienes que querer eso.


―Sí, pero…


―Pero nada. ¿Mi hermano alguna vez no te ha dado a elegir? De la forma en que lo veo, dejó que te alejaras. Dio un paso atrás y te dio espacio, mientras te mantenía a ti y a la pequeña seguras. Tienes un buen trabajo en el que eres buena y trabajas duro. Tienes tu propia casa. Has podido tener a tu niña sana y salva, lejos del cabrón que te ayudó a hacerla. Estás haciendo todo sola. Nos dejaste entrar; a Martin, a Emi, a mí, e incluso a Julian. Sin embargo, mantienes a Pedro a distancia. Lo veo, tienes sentimientos, pero sigues tratando de luchar contra ellos. La pelea es buena cuando se necesita, pero, ¿por qué luchar contra
la atracción hacia Pedro? ¿Por qué negárselo a los dos? Eres la repartidora, tienes las cartas en tu mano.


Me apoyo contra la barra, deseando no conducir. La mierda es cada vez profunda y necesito tranquilizarme.


―No se trata solo de mí ―susurro.


Lucas echa la cabeza hacia atrás y se ríe.


―Nena, esa pequeña chica tuya nos tiene a todos comiendo de la palma de su mano, pero muy especialmente a mi hermano. Consigan hacerlo funcionar o no, estará en la vida de Camila.


Pienso en eso, dándome cuenta que tiene razón. Pedro Alfonso es el tipo de hombre que estará alrededor de Camila, sin importar nada.


Terminamos de cerrar, luego voy a casa y en silencio entro en mi apartamento.


Por lo general, después de sus “citas” de los miércoles por la noche Pedro se encuentra en el sofá cuando entro. 


Encontrándolo vacío, atravieso la pequeña sala hacia la suave luz que sale de la habitación de Camila, sonrío
mientras lo escucho susurrar:
―Hace mucho, mucho tiempo atrás… en una tierra lejana ―continúa leyendo el cuento mientras el pecho se me tensa de la emoción.


Escucho los suaves sonidos de los ronquidos de Camila, así que no sé por qué Pedro todavía está leyendo, pero pongo atención a las palabras.


―Había una hermosa niña. Vivía con su madre, que era la mujer más hermosa en toda la tierra. Eran los tesoros ocultos dados al príncipe como un regalo de su madre, la reina. Tuvieron que ocultarse bajo las brillantes luces de la Ciudad del Pecado hasta que el príncipe fue lo suficientemente mayor para ver lo puro en su interior cuando las vio. ―Pedro hace una pausa, y me apoyo contra la pared para escuchar más―. Él tenía que sembrar su avena salvaje y trabajar en su propio pasado, pero su mamá, la reina, sabía el hombre que había criado. Sabía que, cuando fuese el momento adecuado, se convertiría en el hombre para esta pequeña chica y su madre.


Moviendo la puerta para poder verlo, asimilo la escena antes de preguntar:
―¿En serio?


Ahí, en la pequeña cama doble de mi hija, está Pedro, con su metro ochenta y cinco. Tiene las piernas cruzadas por los tobillos, la cabeza apoyada contra la pared ya que Camila no tiene cabecera y los brazos cruzados sobre el pecho. Con los ojos cerrados y parece perdido en sus pensamientos, perdido en su cuento de hadas.


No abre los ojos, simplemente asiente.


―Bueno ―me acerco a él―, ¿y vivieron felices para siempre?


Abre los ojos y se encuentra con mi mirada.


―No sé, Paula. Dímelo tú.


Lo tomo de la mano y lo llevo a la sala de estar, donde nos sentamos en el sofá, él en el lado derecho y yo en medio. 


Luego me vuelvo para enfrentarle, con las piernas dobladas debajo de mí.


―Háblame de la reina, Pedro ―incito y sonríe dulcemente.


―Oh, la reina… Era la Reina de Diamantes. Tenía amor por sus hijos a montones, como dice el dicho. Pero, gobernaba como si fuera del Rey de Tréboles, llevaba a un segundo plano sus necesidades, deseos y anhelos. Lo único que el
tirano siempre le dio a ella y a sus chicos fueron tiempos difíciles. El Joker era salvaje todo el tiempo, ves. Un impredecible bastardo, el Rey de Tréboles no se avergonzaba de gobernar su casa con puño de hierro. Eso dejó a sus tres Jacks con sentimientos de impotencia y, con el tiempo, con su amor y necesidad de proteger a los chicos la reina creció, su resentimiento hacia el rey también creció.
Al final, la vida no era de ases, debido a que la reina dejó esta vida para ir a una mejor, pero les dio a sus chicos la mano ganadora antes de perecer. ―Estira la mano, me toma de la barbilla y frota el pulgar sobre mi mejilla―. Los dejó con ases en las manos.


Me muerdo el labio inferior mientras asimilo sus palabras.


―El As de Diamantes, viendo a la reina trabajar tan duro, los chicos desarrollaron la perspicacia y la ambición que solo se pueden encontrar en esta carta. El As de Tréboles fue su legado de inteligencia. Paula, no podemos tener nada sin antes educarnos en la disposición de la tierra. La reina les dio eso a sus chicos. Como una diamante, también les dio el As de Diamantes, queriendo que sus hijos hicieran su vida. Quería que estuvieran bien completos y que fuesen fuertes. Con su última carta… el As de Corazones. La reina les dejó a sus chicos un legado de corazón. 


―Tu mamá… ―Mueve el pulgar para cubrirme los labios, silenciándome.


―Hacer el bien en este mundo lleno de mal. Le hice esa promesa, Paula y estoy absolutamente seguro que quise decir cada maldita palabra. La vida no fue fácil viendo a nuestro viejo ponerle las manos encima. Peor que eso fue escuchar la forma en que hablaba de ella. Cada maldito día, nada de lo que hacía estaba bien. Sin embargo, mamá era fuerte. No dejó que eso la carcomiese. No dejó que la desgastase. Podría haberla tenido retenida, pero estoy muy seguro que no la rompió.


―Estoy rota, Pedro ―la admisión sale antes de que pueda detenerme.


Se acerca y me lleva a su regazo.


―Nena, eres una gran cantidad de cosas, pero rota no es una de ellas. ―Me traza los labios con el pulgar―. Estás jugando la mano que te repartieron. Sin trucos, sin gestos, solo afrontando la vida. Tienes coraje, ánimo de lucha y
resistencia. ―Se detiene y me mira a los ojos, como si estuviese tratando de llegarme al alma―. Tienes corazón, pequeña mamá. Tienes más amor en ti para esa niña del que incluso la Reina de Diamantes tenía para sus Jacks y eso, es mucho decir. Permítete tener algo bueno, Paula para ti… y para la pequeña chica.


No tengo palabras para responderle. Ninguna. El hombre me ha convertido en una pila de ruido de fondo y, al mismo tiempo, me mantiene firme. ¿Así es cómo será la vida con Pedro Alfonso? ¿Es realmente mi lugar seguro para caer?


Inclinándome, lo beso suavemente. Lentamente, exploro sus labios cuando abre la boca para dejar que lo invada con la lengua. Poco a poco, lo atesoro y todo lo que me dio esta noche. Cuando me aparto, me sonríe de una manera que es
deliciosamente Pedro.


―Bueno, pequeña mamá, tuviste tu cuento antes de dormir, por lo que ahora vamos a arroparte.


―¿En serio? ¿Por qué contaste esa historia en ese momento? ―Mi curiosidad está de vuelta.


Se ríe suavemente.


―Nena, le cuento a la niña esa historia cada noche que estoy con ella, una vez que se duerme y hemos acabado de leer los tres cuentos de la noche.


Arqueo una ceja.


―Me contó que su papá perfecto le leería dos historias más cada noche después de terminar la primera. Bien, su hombre perfecto puede leerle tres, pero yo le leeré cuatro. Llámame aplicado. ―Me guiña un ojo―. Cuatro ases de una baraja. Cuatro historias para mantener a nuestra pequeña niña contenta. Cuatro es un número de la suerte, pequeña mamá. ―Con eso, me toma y me lleva a mi habitación.


Sin dudar, lo tiro a la cama conmigo. En vez de dormir, me da cuatro orgasmos que se aseguran de recordarme vívidamente esta noche por mucho tiempo.


Me lo da bien. De alguna manera, este hombre ha hecho su camino a mi vida, a mi corazón y me ha dado más en estos pocos meses de lo que había tenido en toda mi vida. ¿Puede durar? ¿Puedo aferrarme a él? Me ha tomado mucho darme cuenta que, más que nada, quiero tener esto con él. La baraja está en mi mano, la partida es un póquer a cinco cartas y planeo tenerlo durante tanto tiempo como pueda.