HISTORIA DE Chelsea Camaron y MJ FIELDS
LENGUAJE ADULTO
lunes, 17 de octubre de 2016
CAPITULO 30 (TERCERA HISTORIA)
La abrazo, permitiendo que sus palabras se asienten en mí.
―No siempre he sido un buen hombre ―digo finalmente.
Ella suspira y mira hacia mí.
―¿Las peleas?
Asiento.
―¿Las mujeres? ―susurra, tensándose en mis brazos.
―Ninguna como tú, pequeña, ninguna cuya sangre pueda reclamar.
Ella me mira.
―Virgen. Nunca tuve una antes ―admito.
―¿Es... diferente? ―susurra.
Empujo el cabello lejos de sus ojos.
―Tú eres diferente.
―¿Vas a querer tocarme así de nuevo?
Una sonrisa se arrastra arriba en mi cara, y suelto un largo y lento suspiro.
―Probablemente más de lo que vas a querer hacerlo tú.
―Probablemente no. ―Sus ojos sonríen―. Bien.
―Un buen toque. ―Su sonrisa llega a sus labios ahora.
―Un muy buen toque ―gruño, y me doblo para besarla, pero alguien llama a la puerta de su pequeño apartamento de mierda.
Retrocede y da un paso hacia la puerta.
―No. ―Me muevo enfrente de ella―. Alguien mató a tu viejo ―contesto debido a la mirada confusa que me da―. Sabemos que no fuimos nosotros, por lo que esa persona está ahí fuera, y hasta que se enteren de quién demonios fue, tú y yo estaremos atrapados como pegamento.
Voy hasta la puerta y la abro lentamente, manteniendo un pie detrás de ella para poder evitar que se abra completamente si el que está a la puerta intenta algo.
Entonces veo a la señora Simmons y me relajo.
―¿Paula?
Asiento.
―Adelante. ―Abro la puerta y dejo que entre la señora que le dio a Pauly sus productos horneados.
―Siento mucho lo de tu padre. ―Abraza a una Paula de aspecto confundido.
―Gracias. ―Da un paso atrás.
―Siento mucho no haberle puesto un fin yo misma. ―Comienza a llorar.
Esta vez Paula la abraza, y es un torpe abrazo que me molesta. ¿Cómo puede alguien estar toda la vida sin afecto? Sin... ¿buen toque?
―Debería haberlo hecho, pero me daba miedo que se fuera a ir contra mí.
―¿Por qué? ―pregunta Paula.
―Me amenazó con decirle a las autoridades que no tenía papeles, que era inmigrante ilegal. Mis hijos, aunque crecidos, me necesitan aquí. No quiero volver. Viviré con mi vergüenza para el resto de mi...
―No, Marisol, no. Sin vergüenza. Tú me mostraste bondad.
―No es suficiente.
―Más de lo que sabía antes de eso.
―No merezco tu perdón.
―Te ruego que lo tomes.
La anciana la abraza de nuevo.
―En la habitación de tu padre, debajo de la cama, una tabla del suelo no está clavada. Hay una caja fuerte. Dijo que era para ti. Me quería asegurar que supieras eso. No se lo dije a las autoridades. Él me dijo que no lo hiciera.
Paula me mira, con miedo.
―Él no puede hacerte nada, Pauly. ¿Captas eso?
―No quiero ir allí sola.
―Quieres que yo...
―Sí ―dice, tomando mi mano.
Cuando nos encontramos en la cama, su agarre en mi mano se vuelve un abrazo de muerte.
―Pequeña, no puedo mover la cama si no me sueltas. ―Acaricio sus nudillos con mi pulgar, y ella suspira, luego me suelta.
Muevo la cama y veo de inmediato la tabla suelta de madera. Agarro mi cuchillo de bolsillo de mi pantalón, empujando la cuchilla entre los tablones, y lo levanto. Veo la caja fuerte y la saco. Tiene la longitud y el ancho de un trozo de papel y alrededor de veinte centímetros de profundidad.
La vieja señora Simmons le da a Pauly una llave.
―Los dejaré solos.
Cuando la señora Simmons se va, me siento en el suelo y toco el lugar entre mis piernas, y Paula se sienta y se empuja contra mí. Su mano tiembla un poco cuando se estira de nuevo a mí para entregarme la llave. No la tomo.
En lugar de eso tomo su mano.
―Puedes hacerlo.
―Tengo miedo de lo que voy a encontrar ―susurra.
―Pequeña, estoy aquí, pero no hay nada, ni una sola cosa, que tengas que temer incluso si no estuviera. Tu viejo está muerto. Nunca va a tocarte de nuevo. ―Pongo un beso en su cabeza y empujo la pesada caja delante de ella―. No iré a ninguna parte.
―Conmigo ―dice ella, poniendo el meñique alrededor de mi dedo pulgar mientras empuja la llave dentro, gira la cerradura, y luego, lentamente, como si algo pudiera saltar de ella, abre la caja.
Dentro hay un montón de dinero en efectivo. Fajos de billetes de cien dólares envueltos con notas de banco que dicen diez mil dólares.
―¡Mierda, Pauly! ―Suspiro mientras los saco, uno tras otro.
―Es mucho ―dice en voz baja.
Cuento treinta y cuatro, y todavía hay más. Al final, hay cincuenta y siete.
Más de medio millón de dólares si la mierda es real.
―Eso es un eufemismo. ―Suspiro―. Alguien estaba cuidándote.
―¿Qué hago con todo esto? ―Me mira, confundida.
―Podrías comprar un auto. Infiernos, podrías comprar veintiuno y una casa y...
―No sé cómo conducir ―dice, con el ceño fruncido.
―Oh, nena, yo voy a enseñarte cómo hacer cualquier cosa que el puto bastardo no te enseñó y serás fuerte y libre. Infiernos, te enseñaría a volar si pudiera.
Ella se recuesta contra mí, mirando todo el efectivo.
Entonces, una mano se extiende hacia arriba y agarra la parte de atrás de mi cuello.
―Un buen toque.
―Si me necesitas, estoy aquí. ―La beso suavemente.
Ella me tira hacia abajo y me besa con más fuerza. Cuando se retira, cierra los ojos.
―Esto es mío, y este lugar es mío. No merezco...
―Te mereces aún más. ―Froto sus brazos arriba y abajo, tratando de no apretarla demasiado duro.
―Nunca pedí eso.
―El hijo de puta te lo debe ―le recuerdo.
Asiente, inclinándose hacia delante para llegar a la caja. Saca un fajo de papeles.
―Es el premio gordo, Paula ―digo cuando veo sus papeles de ciudadanía estadounidense―. Nada de qué preocuparse. Eres legal. No deberías haber dudado de eso, para empezar. Johnny lo sabía ya, de lo contrario no estaríamos
sentados aquí ahora.
Asiente de nuevo, mirando la hoja siguiente, su partida de nacimiento. Su dedo acaricia el punto que dice el nombre de su madre. No puedo leer eso, no es necesario. Se relaja de nuevo. Eso es todo lo que necesito.
Después de eso hay fotos de una mujer con un bebé. Sé inmediatamente que es ella y su madre. Paula se parece a ella.
Un sollozo se le escapa mientras rápidamente las mira, una después de la otra. Una vez que hace eso, se estremece, manteniéndolas cerca mientras sus sollozos se convierten en lágrimas.
La jalo hacia mí y trato de sostenerla, y sus emociones se filtran en mi alma.
Las siento profundamente, y las lágrimas llenan mis propios ojos.
Mierda. Mierda. Mierda.
Les impido avanzar mientras tenso mi agarre. Nos sentamos así durante sólo un momento antes de ver la puerta abrirse, y la señora Simmons asomar. Está llorando también.
―¿Qué puedo hacer? ―pregunta.
―Ella estará bien. Sólo tiene que dejarlo salir.
Paula llora, y jalo de su diminuto cuerpo hacia mí, sosteniéndola mientras le acaricio el cabello. La puerta se cierra, la señora Simmons nos deja solos de nuevo.
Sus lágrimas finalmente dejan de caer, pero su cuerpo aún se estremece.
―Dime lo que puedo hacer por ti.
―Sácame de aquí ―ruega en voz baja.
―No hay problema. ―Me levanto con ella en mis brazos y la siento en la cama―. ¿Tienes una bolsa?
―Sí.
―Tenemos que hacer algo con este dinero hasta que abras una cuenta bancaria.
Ella asiente.
―Vuelvo enseguida.
Sale por la puerta, y pongo la tabla de regreso, cubriendo su puto escondite, el lugar donde escondió cosas de ella que habrían hecho su vida más fácil, mejor.
Empiezo a empujar la vieja cama de hierro forjado de nuevo a donde estaba, sin embargo, encuentro otro tablón que parece estar suelto. Muevo la cama, agarro el cuchillo del suelo donde lo dejé, y la saco. En el interior hay una vieja caja de zapatos. La agarro mientras Paula regresa con la bolsa.
―¿Hay más? ―pregunta con nerviosismo.
―Sí ―le digo, tomando la bolsa y dándole la caja.
―No sé si pueda manejar más.
―Entonces, la pondremos lejos y esperaremos hasta más tarde. Nadie dice que tienes que hacerlo todo a la vez. ―No creo que pueda manejar más en este momento, tampoco.
Tomo la caja y la pongo en el interior de la bolsa de lona que me entregó.
Entonces meto el medio millón en efectivo.
Santos demonios. Tendrá todo lo que siempre soñó. Espero como el infierno que todavía me incluya a mí, pero si no es así, por ella, me alejaría. Sin embargo, seguro como el infierno me escondería en el fondo, asegurándome de que esta pequeña, que puede llevar al campeón al borde de las lágrimas, siempre estuviera protegida.
Cuando todo está metido en la bolsa, la pongo sobre mi hombro y tomo su mano.
―¿A dónde vamos?
―A casa ―respondo mientras la llevo fuera.
Cuando llegamos a la parte inferior de la escalera, mira a su alrededor. Sé que está pensando en su viejo tendido, muerto.
Mira hacia arriba.
―Espero que no fuera demasiado doloroso.
Quiero decirle que espero que fuera un puto dolor eterno.
Espero que el hijo de puta quien magulló y llenó de cicatrices a mi pequeña hermosa esté en el infierno después de caer por una eternidad por las escaleras con el cerebro y la
sangre desbordándose de la parte posterior de su cabeza por alguien a quien espero tener la oportunidad de estrechar la mano algún día.
Estamos saliendo cuando ella ve a la señora Simmons salir de su apartamento. Paula sacude mi mano y luego me suelta.
―¿Estás bien? ―le pregunta a Paula.
Ella me mira.
―Lo estaré. ¿Verdad, Pedro?
―Sí. Sí, me aseguraré de ello.
―¿Qué puedo hacer para ayudar? ―pregunta la señora Simmons. Mete la mano en su delantal y saca un pedazo de papel―. Mi número. Acabo de comprar un celular. Llámame por cualquier cosa.
Paula se gira y abre la bolsa colgando de mi lado. Saca un fajo de dinero en efectivo.
―¿Puede botar todo lo de él? No quiero volver aquí y ver algo de eso.
―Por supuesto. Puedo donarlo a la iglesia y...
―Haga lo que esté bien. Sólo quiero que todo se vaya. ―Le entrega el dinero―. ¿Puede cuidar el lugar hasta que esté lo suficientemente fuerte como para volver?
La vieja señora Simmons mira hacia abajo.
―Yo no podría...
―No será de otra manera.
Simmons me mira.
―Dile que es demasiado.
―Es de ella. Puede hacer lo que quiera con él.
―Quiero que lo tenga. ―Paula cierra su mano alrededor de la mano de la anciana―. Por favor. No quiero volver hasta que él quiera que lo haga.
Resoplo.
―¿Qué tal suena nunca?
La mirada de necesidad en su cara cuando se vuelve hacia mí es abrumadora.
También me hace empezar a endurecerme. No es jodidamente bueno. Aquí no.
―Suena como el cielo.
Después de dejar el edificio de apartamentos, sostengo su mano mientras conduzco despacio. Nos volveremos a quedar en casa de Salvador. Kid ya hizo su reclamación del apartamento encima del gimnasio, diciendo que no quiere una casa para cuidar. Podría llevarla a la casa de Martin, pero eso no va a funcionar con lo que tengo en mente.
Tengo una seria compensación por hacer por la forma en que la tomé esta mañana.
Paso los dedos por mi cabello, moviendo mi rodilla.
No pasa mucho tiempo antes de estacionar entre el gimnasio y la casa de ladrillo donde Salvador y su esposa vivían.
―¿Vamos al gimnasio?
―No, a la casa aquí. ―Apunto hacia la izquierda.
―¿Es aquí donde vives? ―pregunta, inclinándose hacia delante.
―Creo que ahora sí.
―No es muy lejos de mi... mmm... de mi...
―¿De verdad quieres vivir allí, Pauly? ―pregunto, poniendo el auto en neutro.
Ella niega.
―¿Dónde quieres vivir? Tienes todo ese dinero y puedes tener lo que quieras, así que, ¿dónde quieres vivir? ―Saco la llave, y luego miro hacia ella.
Cuando me suelta la mano, sale, y camina hacia la casa, agarra la bolsa de lona y se va.
―¿Pauly?
―Aquí. ―Apunta a la casa, y mi corazón se calienta, pero no quiero que se acomode. Me mira y se encoge de hombros―. Quiero vivir aquí.
No digo nada, porque no puedo decir ni mierda ahora mismo. Mi cabeza da vueltas. Estoy sintiendo cosas que nunca he sentido ni he querido sentir. Infiernos, mierda que he estado evitando. No quiero desviarme como lo hice con la mujer de Cobra. Me enamoré demasiado en ese momento, también. Me recuperé, pero con Paula... no hay manera de mierda que lo haga.
―Oh. Oh lo siento. Sólo pensé que querías...
Doy tres pasos y la tomo en brazos, y jadea, luego se ríe.
Meto el código de la puerta, recordándome cambiar la cosa, abro la puerta, y luego la cierro de un portazo detrás de mí.
―Lo quiero, Pauly. Te deseo realmente mucho. Demasiado. Tan de...
―Nunca es demasiado, Pedro, no con nosotros. No contigo y conmigo.
―Un buen toque ―decimos al mismo tiempo. Entonces no puedo quitar los labios de ella.
Cuando logramos alejarnos, sus ojos están pegados a los míos mientras sonríe.
―Te ves tan hermosa cuando sonríes. Tan hermosa todo el maldito tiempo.
―No tengo idea de lo que hice para merecer un hombre como tú, pero juro...
―Pequeña, te mereces mucho más que yo, pero que me aspen si no uso todos los trucos en el libro para mantenerte creyendo esa mierda.
Entro en la habitación de invitados, donde me quedaba cuando tenía demasiado miedo de lo que mis hermanos dirían si me vieran después de algunas de mis peleas. La recosté en la cama.
Sus ojos se abren cuando me estiro detrás de mí y paso mi camisa sobre mi cabeza, y luego la tiro al suelo. Ella gime, y me hace absolutamente seguro mientras me doblo un poco y me desabrocho y quito el pantalón. Se pasa la lengua
por los labios, luego muerde su labio inferior antes de soltarlo lentamente.
―No eres menos merecedor. Me has dado tanto. Para mí, eres un príncipe; mi príncipe. ¿Quieres a una chica como yo? Una chica que está llena de cicatrices y tan...
No puedo aguantar más. No puedo soportar que hable de sí misma así.
―No soy un príncipe, pequeña. Mírame. Estoy lleno de cicatrices también, pero cuando me miras como lo haces, de inmediato quiero ser dueño de tu cuerpo, de tu corazón, de tu alma. Yo me hice estas cicatrices. Tú no tuviste opción, pero carajo si no es algo que sé que nunca voy a tener suficiente de verte, de admirarte.
Soportaste todo eso, y cuando encontraste una salida, la tomaste. Eres tan buena, tan amable, tan dispuesta a complacer a un hombre como yo. De buena gana me
inclinaría delante de ti y te daría todo lo que tengo.
―Un buen toque ―susurra.
―Te daré lo mejor que pueda. Exactamente lo que te mereces. No como en ese callejón, no...
―Por favor ―suplica.
Tiro de mis vaqueros, después tomo un condón, arrojándolo a la cama.
Entonces me inclino y tiro de ella hacia arriba.
―Brazos arriba.
Mientras me tomo mi tiempo levantando su camisa, beso cada centímetro de piel expuesta, mi corazón late en mi pecho cada vez más rápidamente. Lanzando la camisa al suelo, la beso de nuevo, poniendo mi mano detrás de su espalda mientras la bajo a la cama. Entonces esparzo besos con dulzura, suavidad, con pereza voy de su boca hacia abajo a su mandíbula a sus senos, donde chupo suavemente, utilizando todo el poder que nunca supe que tenía con el fin de darle lo que se merece; adoración.
Me aparto y beso su vientre, asegurándome de besar los moretones amarillos desvaneciéndose en sus costillas, y ella se retuerce.
―¿Te duelen, Pauly?
―Más ―dice, así que la beso más abajo.
Le beso una cadera a la otra mientras engancho mis pulgares dentro de su falda y bragas y lentamente se las bajo, besando y lamiendo su piel, mientras cada centímetro queda al descubierto para mí. Cuando levanta las caderas, las arranco el resto del camino.
Sus rodillas ceden, exponiéndola totalmente a mí. Beso el vértice de sus muslos mientras la acuno con dulzura y acaricio suavemente. Ella gime y arquea la espalda, empujando su coño con más fuerza contra mi mano.
Abro sus pequeños labios dulces con mi dedo, lo que la hace tomar una gran respiración y apretar el edredón. Muevo mi nariz a través de su coño e inhalo su aroma, un gruñido se escapa de mi pecho mientras paso mi lengua a través de su
pequeño clítoris tenso.
―Oh, oh, oh ―gime.
La lamo de nuevo, y murmura algo incomprensible, cerrando sus muslos alrededor de mi cabeza. Me recuesto, y ella suspira.
Está brillante, empapada de deseo por mí, por mi buen toque.
Empujo un dedo dentro de ella y lo muevo hacia arriba, y ella me aprieta inmediatamente mientras su coño se cierra alrededor de mi dedo.
Juro que voy a venirme observándola, con olerla, con oírla, así que antes de romperme antes de hacerlo me pongo el condón.
Apoyándome sobre ella, le digo.
―Mírame, pequeña, y no te detengas. Quiero ver cuando te vengas. Quiero verte venir todo el maldito tiempo. Diablos. ―Yo mismo me muevo entre sus labios calientes, después coloco la cabeza contra su abertura, y ella arquea la espalda, diciéndome que quiere más―. No, Pauly, no hagas esa mierda. Quiero hacer esto agradable y lento. Si lo haces terminará antes de que esté todo dentro.
Se estira y tira de mi cabeza hacia abajo, besándome, y empujándose un poco más en el interior. Me centro en su lengua, mi lengua, nuestras bocas mientras poco a poco, centímetro a centímetro, la lleno hasta que no me es posible llenarla más. Entonces retrocedo para que ambos podamos respirar.
Me está mirando cómo le pedí, intensamente, con avidez.
Me muevo lentamente dentro y fuera, dentro y fuera. Ella gime mi nombre con cada golpe.
―Haré esto para ti toda la noche ―digo con determinación.
―Por favor ―gime.
Enredados uno en el otro sin sábanas y con la luz de la noche iluminándola, la tomo suavemente. La tomo lento.
Hago que se venga una y otra vez hasta que está demasiado putamente agotada para moverse.
Finalmente, no puedo ignorar más el ardor.
―Me voy a venir.
―Sí ―gime―. Sí.
―Entonces haremos esto otra vez.
―Más duro ―grita.
―Como quieras ―digo, tomándola con fuerza, golpeando y soltando mi liberación.
domingo, 16 de octubre de 2016
CAPITULO 29 (TERCERA HISTORIA)
El apartamento está callado cuando llegamos. Después de que Pedro desbloquea la puerta detrás de mí, se abre, y yo simplemente me quedo de pie en la entrada.
Nada está fuera de lugar. Todo está exactamente como estaba cuando me fui.
¿Siquiera vivió aquí mientras estuve fuera? Mentalmente, trato de calcular el tiempo que no estuve antes de que fuera asesinado. Sólo dos días, así que supongo que en su preocupación por mí, no tuvo mucho tiempo para hacer un lío.
Honestamente, pensé que iba a estar saqueado. Me imaginaba que iba a encontrar almohadas tiradas, mesas volcadas. ¿Sólo desquitaba su rabia conmigo?
Mientras los recuerdos me inundan, alzo la mano y toco la cicatriz en mi mejilla, y el dolor parece cortar a través de mí a pesar de que hace tiempo que sanó.
Una mano en mi espalda baja me hace saltar.
―Estás a salvo ―susurra Pedro en mi oído, guiándome al interior lo suficiente para cerrar la puerta.
Entro en la pequeña cocina y arrastro el dedo a lo largo de la encimera. El laminado frío no hace nada para calmar mi corazón. Miro la estufa y la nevera, pensando en las muchas veces que cometí algún error y pagué por este en sus
manos. ¿Cómo puedo dejar atrás los recuerdos?
―No tienes que quedarte aquí ―dice Pedro, como si eso solucionara todos los problemas.
Creo que debería compartir con él mi mayor problema, el que está en el fondo de mi mente, esperando que alguien lo resuelva.
―Pedro, no puedo quedarme aquí.
Él levanta una ceja en pregunta.
―No sé si realmente se me permitirá quedarme en tu país.
―¿Por qué diablos no?
―Mi padre me trajo aquí cuando era un bebé. No cree en los bancos. Sólo pagaba impuestos para que el gobierno no apareciera e investigara. Siempre me dijo que si pedía ayuda, me enviarían de vuelta a Rusia. El señor Adkins puede echarme. ―Las lágrimas pinchan mis ojos, pero me niego a dejarlas caer. Voy a enfrentar esto sin embargo, tengo que hacerlo.
―¿Johnny putamente te dijo eso?
―No. No mencionó mi ciudadanía en absoluto. Sólo sé lo que se me ha dicho toda mi vida.
―Bueno, tu padre no era la más honorable de las personas, así que tal vez metió eso en tu cabeza y no hay problema. Hasta que alguien llame a la puerta, trata de no preocuparte por ello.
―No puedo ser enviada de vuelta allí ―le susurro, dejando ganar al miedo.
―No voy a permitir que eso ocurra, pequeña.
Me gustaría poder estar tan segura. Me gustaría poder sentir que todo estará bien. No puedo, sin embargo. Esta es sólo otra forma en que mi padre todavía tiene poder sobre mí.
Moviéndome a través del espacio, me pregunto cómo se sentiría un verdadero hogar. Solía soñar con tener uno de los pisos vacíos para mí sola. Poder usar mis zapatillas y poder mostrar mis tesoros. Más que nada, poder respirar. No
estar contando los días, preguntándome qué traería la noche cuando llegara a casa.
No tener que preocuparme por él yendo y viniendo y teniendo todo bien. Al pensar en el futuro, me pregunto lo que realmente se sentirá estar emocionada a la espera del regreso a casa de alguien. ¿Cómo me sentiría disfrutando de la compañía de otra persona cada noche en vez de sentir temor de lo que estaba determinado por llegar?
El teléfono de Pedro comienza a sonar. Mientras responde, voy a la habitación de mi padre, donde su cama es un completo desastre y su ropa está por todas partes. Con aire ausente, comienzo a recogerlas y a hacer la cama. Entonces
pongo lo que puedo en una cesta y empiezo a ir a la puerta.
Pedro me detiene.
―¿A dónde vas?
―Al primer piso a lavar la ropa.
Él ve la cesta.
―Pauly, ¿esa es su ropa?
Asiento.
―Él no va a volver.
Dejo caer la canasta y sollozo, y Pedro envuelve sus brazos a mi alrededor.
―Shhh ―susurra, acariciándome el cabello.
Sé que no va a volver. Los antiguos hábitos son difíciles de dejar, sin embargo. ¿Seré normal? No debería sentirme triste. Debería estar llena de felicidad de no tener que estar a su entera disposición.
Soy libre. Soy libre para ser yo.
Sólo que no sé cómo ser yo sin ser la persona que quería que fuera. La ropa lavada, casa limpia, comida preparada y buenas calificaciones; esa era mi vida.
¿Ahora qué?
―Está bien estar perdida, pequeña.
Una vez más, Pedro Alfonso alivia mis problemas y los aleja, y me siento un poco más segura. ¿Podría encontrar una manera de aferrarme a él, de aferrarme a esto por el resto de mi vida?
―Juntos, Pauly. Juntos, vamos a recoger los pedazos. Perdí a mi mamá. Mis hermanos y yo hemos luchado duro para recoger los pedazos. Lo hicimos junto con la ayuda de Emilia, Carolina, y Camila. Estoy aquí, Pauly. Todos lo estamos. Te ayudaremos a recoger los pedazos, también.
Lo aprieto.
―Que buen toque, Pedro Alfonso.
Él gime, besando la parte superior de mi cabeza.
―Todo bueno ―susurro en su pecho―. Eres todo lo bueno.
CAPITULO 28 (TERCERA HISTORIA)
No golpeo con suficiente fuerza. No puedo encontrar un dolor suficientemente profundo como para retirar la porquería en mi mente.
Primero, alguien mató a mi padre. El policía piensa que Pedro o yo tuvimos algo que ver con ello. Por otro lado, parece entender que somos inocentes. Claro, le di las pastillas que lo pusieron a dormir, pero eso no es de lo que murió. El informe dice que...
Mi papa está muerto. No podrá pegarme de nuevo. No podrá desquitar las frustraciones de su vida en mí.
Puedo respirar. Por primera vez en mi vida, puedo respirar.
Entonces, ¿por qué siento como si todavía me estuviera ahogando? ¿Por qué siento como si el peso del mundo estuviera en mis frágiles hombros?
El señor Adkins, el oficial de policía, conoce a Pedro, pero por alguna razón, quiere empujarlo a esta situación conmigo.
Sé que es su trabajo, pero ¿no era también su trabajo cuidarme cuando mi padre estaba vivo? No lo entiendo. Por
otra parte, no hay mucho que entienda acerca de Pedro.
Golpeo con fuerza la bolsa. Dándole patadas, trato de poner la bolsa en movimiento. No lo hace. Quiero gritar, pero no de dolor. Quiero llorar por todo lo que nunca tuve. Quiero llorar por todo lo que me gustaría tener algún día. Quiero llorar por todo lo que es totalmente incierto en mi vida en este momento.
Mirando a escondidas a mi izquierda, lo veo moverse por el rabillo de mi ojo, mi segundo tema atraviesa mi mente; Pedro Alfonso. Está en mi cabeza. Cada toque es eléctrico y me hace desear más. Mi cuerpo se pone a toda marcha y mi mente se apaga cada vez que está alrededor.
Buen toque.
Oh mi... el buen toque, la lluvia, la pasión, la intensidad; no podía tener suficiente. Pensando en ello, mis partes de chica vienen a la vida, deliciosamente doloridas.
¿Qué piensa Pedro de mí? Fui salvaje contra un edificio en la lluvia con él.
¿Eso es normal? No puede ser normal. Dolió, pero no como pensé que haría.
Entonces, cuanto más se movía dentro y fuera de mí, más crecía el fuego en mi interior. Cada golpe tenía a mis terminaciones nerviosas apretándose. Sintiéndolo dentro de mí, realmente dentro de mí, conectado a mí... Sólo de pensarlo me hace querer más. Si no fuera por la sangre, probablemente no habría creído que era virgen.
Él me hace eso, sin embargo. ¿Lo verá? ¿Se dará cuenta que es sólo él para mí? Me vuelve loca de necesidad, de deseo, y sólo él me puede satisfacer.
Es algo más que un buen toque. Es esta conexión.
¿Estoy loca? ¿Acaso soy una tonta enamorada?
Pedro Alfonso se siente como todo el bien en todos los males. Se siente como el único bueno manteniéndome a flote en todo lo malo.
Golpe. Golpe. Patada. Intento liberar todo en el aparato frente a mí. Aun así, no se mueve.
Cuando miro la bolsa negra con peso frente a mí y empiezo a reír, Pedro deja de golpear la que está a mi lado y me mira.
―Pesa más que yo, ¿no es así?
―¿La bolsa? ―Señala la bolsa que he estado golpeando. Asiento―. Sí, Pauly, lo hace. ―Sonríe, causando que el calor me inunde.
Me río mientras me paro con las manos en las caderas, mirando el inquebrantable obstáculo frente a mí. Se queda quieto, y me muevo rebotando una y otra vez. Cada puñetazo, patada, y golpe que doy simplemente rebota.
Así es como ha sido mi vida. Me derriban, vuelvo a levantarme, y soy derribada de nuevo. La mayor cosa llenando mi mente es: ¿Qué hago ahora?
Los ásperos dedos de Pedro toman mi barbilla y tira de mi mirada hacia él.
―No estás sola, Pauly.
Me trago el nudo en mi garganta. Su toque me hace lamerme los labios y me siento como una sobreviviente deshidratándose en el desierto, deseando una simple gota de agua. Sólo quiero un simple toque de Pedro Alfonso.
―¿Qué hago ahora? ―le pregunto, mi voz se quiebra con cada palabra.
―Todo lo que se te dé la gana ―responde.
Frota su pulgar sobre mi mandíbula antes de pasar su mano a mi cintura.
Luego tira de mí hacia él y me sostiene cerca, e inhalo su aroma y permito que su fuerza me recorra.
Todo se siente bien con él.
CAPITULO 27 (TERCERA HISTORIA)
Estoy sosteniendo su mano cuando me estaciono enfrente del gimnasio.
―Parada rápida. Tengo que comprobar el lugar. ―Salto y corro alrededor para abrirle la puerta. Ella sale, y no puedo evitar sonreír. Ella sonríe de regreso.
―¿Aquí es donde entrenas?
―Y dónde tú lo harás.
―Oh, no sé nada de eso.
―Yo sí. Vas a aprender algunos movimientos.
Me mira con curiosidad.
―¿Quieres que peleé?
―No. ―Niego y sonrío―. Quiero que aprendas a defenderte. Autodefensa. Hoy no, pero pronto. ―Me inclino y le doy un beso rápido―. Vamos.
Cuando caminamos dentro, Kid está de pie junto a la oficina con un hombre de traje, y golpeamos los puños.
―Pedro. ―Saluda Kid―. Este es el abogado de Salvador.
―Bill Boles. ―Estira la mano, y se la estrecho―. ¿Tiene un minuto?
Asiento.
Mira a Paula.
―¿Tiene algún problema con mi chica?
Él levanta ambas manos en el aire.
―Nop. No señor. Mientras esté cómodo con ella viendo lo del testamento, no tengo ningún problema.
―Bien. ―Asiento a la puerta de la oficina―. Hablemos.
Se sienta en la última silla disponible en la pequeña oficina de Salvador. No me siento bien estando allí, y obviamente, tampoco Kid.
―Voy a leerlo Me detiene si hay alguna pregunta.
Empieza a leer, y lo interrumpo.
―¿Qué tal si nos dice lo que quiere, y entonces podemos revisarlo?
―Eso es un poco fuera de lo convencional, pero si insiste. ―Asiente a los dos.
―Insistimos. ―Kid asiente de regreso.
―En pocas palabras, les está dejando a los dos el gimnasio. Kid tiene antecedentes, por lo que dado su pasado, no debe estar a su nombre. Dice que su palabra es buena, señor Alfon...
―Pedro ―lo corrijo.
Él asiente.
―Quiere que los dos hagan algo bueno de él. También contaba con un seguro de vida de quinientos de mil dólares. Cuatrocientos mil irán a la iglesia de su difunta esposa y cien mil a los dos, pero no es... en sus palabras “un donativo”. Es
para hacerle una renovación al lugar. Quiere que prometan que harán algo mejor con él y con sus vidas.
Deja la carpeta en el escritorio de Salvador.
―El cheque deberá estar aquí en unas seis semanas. La escritura de esta construcción y la de al lado que se utiliza como residencia está aquí ya. Fírmelo, Pedro, y lo presentaré. Las escrituras se llevarán cerca de treinta días para procesarse. Mi sugerencia es que abran una cuenta cuando llegue el cheque usándolo a nombre de la empresa. ¿Alguna pregunta?
Aturdidos, Kid y yo sacudimos la cabeza.
Él mira a Paula como si estuviera tratando de resolver algo.
―¿Tiene un problema con Paula?
―¿Chaves? ―pregunta, mirando su maletín de cuero negro.
―Sí. ―Me pongo de pie, poniéndome entre ellos.
Bill extiende la mano.
―Señor Alfonso, conocí al Sr. Chaves tres años atrás. Señorita Chaves, siento su pérdida.
Miro a mi lado mientras ella mira a escondidas alrededor.
―Gracias.
―Después de obtener todos los informes de la policía de nuevo, querré reunirme con usted de nuevo.
―¿Con respecto a qué? ―pregunto.
―Al edificio, por ejemplo. Es de la señorita Chaves ahora. Y creo... ―Va su maletín de nuevo y saca un poco de papeleo―... que ser... incinerado y sus cenizas serán derramadas en el río. Hay una arrendataria... ―Revisa más papeles―. Me parece que no puedo encontrar lo que estoy buscando, pero ella sabe el paradero de sus cajas fuertes. No creía en los bancos, por lo que todo lo que tiene va a su
pariente más próximo, y esa es usted.
Miro para ver su reacción, pero su expresión está en blanco.
Cuando tomo su mano y le doy un apretón, mira al suelo, sin embargo, aprieta la mía de regreso.
―Señor Alfonso, si sólo pudiera firmar. ―Empuja la carpeta hacia adelante―. Entonces me iré.
Alzo su mano y la beso.
―Tengo que soltarte por un minuto. ¿Está bien?
Ella asiente, liberando mi mano.
Mientras estoy firmando, desaparece en el gimnasio.
Cuando dejamos la oficina de Salvador; mía y de Kid; la veo patear una de las pesadas bolsas. Entonces mira a su alrededor y no nos ve, por lo que lo hace de nuevo antes de darle a la bolsa.
Bajo mi mano, deteniendo la entrada de Kid en el gimnasio.
―Quédate aquí un minuto. ―Quiero que tenga este momento para ella. Que encuentre su lucha interior.
―La puta mierda de echar la mano necesita detenerse, Alfonso ―gruñe―. No se le hace esa mierda a un hombre que pasó los pasados siete años de mierda encerrado.
―Voy a tratar de recordar eso.
―Será lo mejor.
No respondo.
Los dos nos quedamos ahí, viéndola pegar en la bolsa hasta que el timbre de la puerta llega a sus orejas. Le dice adiós al Sr. Boles y luego mira a su alrededor, todavía sin vernos. Comienza a pegarle a la bolsa un par de veces, y luego la patea dos veces.
―¿Vas a dejarla seguir haciendo eso? Podría lastimarse.
―Tiene mucho que trabajar ―digo, observándola. Echo un vistazo hacia él―. Tú también.
―Necesitaba dormir ―sisea.
―Tienes que encontrar una manera diferente de hacerlo. Vas a mear caliente cuando veas a tu oficial de libertad condicional, y luego vas a estar de regreso a tener que saltar cuando alguien esté tras tu espalda. ―Me alejo―. Y un puto jabón en una cuerda.
Camino en silencio hacia ella y empiezo a trabajar en una de las otras bolsas: izquierda, derecha, golpe, y patada. Lo hago una y otra vez, observándola mirarme por el rabillo del ojo, después imita mis movimientos. Trato de tomarlo con calma, pero parece que se aburre.
Más duro, su demanda se hace eco en mi memoria.
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