HISTORIA DE Chelsea Camaron y MJ FIELDS
LENGUAJE ADULTO
viernes, 23 de septiembre de 2016
CAPITULO 32 (PRIMERA HISTORIA)
Al oírle decir las palabras, no lo creo; Sólo reacciono. Lo agarro y lo tiro hacia mí, besándolo con todas las emociones que puedo encontrar. Cuando me alejo, los dos estamos jadeando y necesitándonos.
Me río, lo que me hace resoplar mientras me mira con confusión escrita en sus facciones.
—Umm... ¿Estás bien, Pau? Sé que estás malditamente loca, reír después de que te digo lo que siento es un golpe para el ego de un hombre, nena.
—Pedro Alfonso, me haces más fuerte que la mayoría. Sacas lo mejor de mí y me empujas a hacer más por mí misma. Sé que no nos conocemos mucho, pero me siento conectada a ti. Me haces una mejor persona. Te amo, Pedro. —Me río de nuevo, pensando en lo lejos que hemos llegado en tan poco tiempo. Después, el resoplido se desliza mientras sus manos van alrededor de mi cintura, acercándome más antes de que me bese.
Un auto toca la bocina alejándonos y ambos sonreímos uno al otro. Por primera vez en mi vida, me siento completa. Me siento feliz. Siento todo y no está roto. En uno de los peores momentos, Pedro encontró la manera de que sea mejor.
Me ama. Mentalmente arranco los pétalos de mi flor invisible.
Me ama.
¡Diablos, sí!
Me imagino mi puño levantado y sacudiéndose mientras sonrío hacia el hombre que amo antes de subirme al auto, para poder ir al hotel.
Dormito un poco mientras conducimos. El estrés es agotador. Mi padre está divorciado. Mi madrastra no le creyó a Brian. Y Brian... lo siente. El perdón no es olvidar, leí una vez. El perdón es dejar ir las emociones que regresan. Brian siendo abusado no justifica sus acciones.
Pedro está en lo correcto, sin embargo; no significa no. Para sanar, tengo que dejarlo ir. Siempre hay un miedo a dejarlo ir, un miedo a caer. No tengo miedo, sin embargo.
Pedro me sostendrá, me consolará y me retará. Estará allí igual que hoy dejándome enfrentar cualquier cosa que necesito con él en mi espalda. Por primera vez en mi vida, no me siento sola. Siento como si tuviera un verdadero socio.
Cuando volvemos a la habitación del hotel, Pedro está callado mientras me lleva a nuestra habitación.
Sé que tiene que estar cansado con el cambio de zona horaria. Una siesta definitivamente estaría bien en mi libro, también.
Quitándome los zapatos, me alisto para ir a la cama.
Mirando a Pedro mientras hace lo mismo, sonrío.
—¿Qué está pasando en esa cabeza tuya, squeaks?
—Me amas. —Sonrío más grande.
—Sí, lo hago. —Él sonríe.
Antes de que pueda moverme, estoy frente a él. Caigo de rodillas y desabrocho su pantalón. Sólo he dado una mamada una vez antes, y fue a Pedro. Leer sobre ello no es lo mismo que dar una, pero tengo que averiguarlo. Busco a tientas su cremallera antes de que sus manos se envuelvan alrededor de la mía para detenerme. Nos guía a la cama, me pone abajo, para besarme cuando empiezo a hablar. Se sube en la cama encima de mí y luego a mi lado sin detener nuestro beso.
Me gusta besarlo. Realmente me gusta besar a Pedro. Sin embargo, estaba tratando de darle algo, y me detuvo.
¿Quién hace eso? ¿Porqué un hombre detendría una mamada? Pensé que los hombres querían eso. Que tirara de él, jugara con él, sorbiera, lamiera, lo mordisqueara, añadiendo un poco de dientes, y bum, se vendría. Eso es lo que dicen los libros, de todos modos.
Me estiro entre nosotros, poniendo mis manos en su pantalón. Comenzando a acariciar su siempre endurecida erección a través de su bóxer, Pedro se aleja, su lengua moviéndose en mi boca como una distracción.
Mantengo mi mano en su pantalón y deslizo mi trasero más cerca para que pueda alcanzarme mejor.
Con un gemido de Pedro, me río mientras nos besamos.
Cuando no puedo detener el resoplido, nuestros dientes chocan.
—Pau, estás empezando algo que no estaremos terminando.
—Tengo la intención de terminar el trabajo, Alfonso. —Sonrío mientras actúo con rapidez para dirigirme a su entrepierna y liberar su erección.
Envolviendo mi boca a su alrededor, lo engullo y chupo.
Arrastrando mis dientes, tiro de nuevo todo el camino a la cima antes de abrir y deslizarme hacia abajo. Descanso mis manos en sus muslos para mantener el equilibrio mientras voy sin mucha gracia de arriba y a abajo. Antes de que pueda continuar, Pedro tira de mí en él con un pop.
—Pau, nena. No tienes que hacerlo. Tuviste un largo día. Vamos a descansar un poco antes de cenar esta noche.
Hay algo en sus ojos que no puedo leer, pero no se ve por completo en ello. Miro su todavía presente erección. Sé que no lo puedo tomar todo, pero puedo intentarlo. ¿Qué pasó con la “e” de esfuerzo? Además, ¿qué hombre rechaza dejarse mamar?
De repente, jadeo. Entonces río y suelto un resoplido. Antes de que pueda detenerme, estoy riendo fuerte, haciendo toda la cama moverse.
—Maldito trasero loco —murmura Pedro, solamente haciéndome reír con más fuerza.
—¡Lo estoy haciendo mal! Estoy chupándote mal. Pedro, ¿por qué no me lo dijiste? —Resoplo de nuevo. —La vez pasada, no tenía ni idea. Esa fue mi primera vez haciendo eso.
La vergüenza me llena, y sé que mi rostro tiene que estar rojo.
—Un poco menos de dientes estaría bien.
Mentalmente tomo nota de eso. ¿Tengo que escribirlo?
Pedro en realidad creería que estoy loca si sacaba lápiz y papel en este momento, sin embargo. Bueno, menos dientes, checado.
Asiento hacia él en estímulo para continuar.
—Ritmo, Pau. Ritmo constante, como si yo estuviera penetrando tu cara.
Está bien, ritmo, checado. Espera, debería contar o algo, ¿así lo mantendría constante? Rayos, es mucho para tomar, pienso a medida que continúo asintiendo con la mirada.
—Usa tus manos, también. Sóbame, jala de mis bolas.
¡Manos! Puedo usar mis manos. Ahora puedo hacer esto.
Sin decir una palabra, envuelvo mi mano alrededor de su eje y empiezo a acariciarlo mientras giro mi lengua alrededor de la cabeza de su pene. Pedro me mira, antes de que finalmente se relaje, mientras creo un ritmo constante de acariciar, lamer, chupar, y tirar de sus bolas. Entre más lo hago, más confiada me vuelvo y más me relajo.
Me gusta la sal de su líquido pre-seminal, y me vuelve salvaje. Retuerzo mi muñeca bombeando, y lo chupo más duro. Sus bolas se tensan, sus abdominales se doblan, y luego llena mi boca con su liberación caliente.
Sacudo mi trasero por mi éxito en conseguir que mi hombre se vacíe. Me trago todo y me siento orgullosa de mi logro.
Lástima que tengo mi periodo, porque esto me tiene seriamente excitada. Voy a chuparlo con más frecuencia.
Lo suelto y abrocho sus pantalones cuando sus manos llegan a cada lado de mi rostro, y me tira hacia él.
—Nunca dejas de sorprenderme —dice antes de que me bese. Me pregunto si sabe que ya tengo esas bragas.
Después, nos acurrucamos y tomamos una pequeña siesta antes de levantarnos para ir a cenar. Los dos estamos devorando nuestro aperitivo cuando Pedro me cuenta un poco de su conversación con mi papá.
—¿Tu mamá y papá tienen una relación?
Resoplo.
—De ninguna manera. Soy el producto de la aventura de una noche. Mi padre estaba en una convención de trabajo, y mi madre trabajaba en el hotel en el que se hospedaba. Él la invitó por bebidas. Ella era menor de edad, pero no quería que supiera que tenía sólo dieciocho años, no veintiuno. —Me río cuando pienso en las muchas veces que mi madre me contó sobre la noche en que fui concebida—. Él tenía veinticinco y pensaba que ella también. Cenaron, tuvieron demasiadas bebidas y un buen momento. Afortunadamente, intercambiaron números, ya que, unas semanas más tarde, mamá tuvo que darle la noticia. Puesto a que no se conocían entre sí, él quiso una prueba de paternidad, aunque mi mamá lo sabía a ciencia cierta. Siempre envió para mi manutención, y cuando llegué a la edad suficiente, lo visité para las vacaciones y en los veranos porque estábamos demasiado separados para las visitas regulares.
—Parece que él tiene un poco más por ella que una aventura de una noche en el poco tiempo que tuve con él hoy. Respeta a tu madre. —Pedro levanta una ceja hacia mí.
Me río.
—Digamos que mi mamá es “más fuerte que la mayoría”. A través de los años, mantuvieron una amistad hablando abiertamente sobre mí. No se amargaron hasta que ya no quise visitarlo. No le dije a mi mamá lo que pasó. Creo que ambos sintieron que estaba tratando de rebelarme o algo así. De cualquier manera, mi mamá me respaldó y a mis decisiones. Mi padre sintió que estaba perdiéndome, pero mi madrastra Victoria no me quería allí de todos modos, así que papá no luchó muy duro.
Nuestra comida llega, y es una distracción momentánea de toda la charla de la historia de mis padres.
—Sé que todo esto ha sido abrumador. ¿Has pensado en tu padre y en el futuro? —pregunta Pedro sinceramente.
—Sí, hablé con los médicos hoy acerca de su cuidado a largo plazo una vez que se mantenga estable. Tienen que tener los ataques bajo control. Él está parcialmente paralizado, y no están seguros de que recuperará algo de eso. —La tristeza me consume, y pongo mi tenedor en el plato.
Mi padre se divorció de Victoria, por lo que, ¿se hará cargo de él? Aunque traté de no pensar en todo eso cuando el doctor estaba hablando de rehabilitación y de instalaciones a largo plazo, Detroit está a un largo camino desde su casa.
Mi papá tiene dinero para ir a una casa de clase alta. No sé cuántas veces podría visitarlo, sin embargo.
—¿Qué quieres de tu relación con él? —pregunta Pedro
mientras se estira y aprieta mi mano.
—No estoy segura, pero no quiero estar fuera de ella nunca más. Sé eso.
—Vamos a tomar un día a la vez, entonces. Clasificar la mierda según suceda.
Sonrío a su confianza y trato de comer un poco más.
—Mientras estamos aquí... ¿crees que Brian; no estuvo en Detroit?
—Le creo. Me sentía sola. Me sentía primitiva con todo. Estaba oscuro, escuché algo, y dejé que mi mente sacara lo mejor de mí.
—Está bien, lo tengo. La próxima vez que sientas algo así, vendrás a mí. Quiero decir que te acompañaré a tu auto a partir de ahora.
Salimos del restaurante y llegamos al hospital para la última visita del día en la Unidad Coronaria. Después de nuestra visita, regresamos a la habitación del hotel.
Ambos nos duchamos y nos ponemos nuestro pijama.
Pedro tiene un pantalón colgado bajo que me hacen querer lamer los tatuajes que cubren su abdomen. Estoy en su vieja camiseta que ahora he reclamado como propia.
Al verlo subirse a la cama a mi lado, siento el calor de mi deseo crecer. Cuando Pedro me acomoda contra su costado, mis pechos se sienten pesados mientras la tela se frota contra ellos.
Maldita sea la Madre Naturaleza.
Pedro besa la parte superior de mi cabeza, y no puedo evitar inclinarme para darle un beso. Comienza suave y dulce y rápidamente se intensifica a un intercambio de poder y pasión. Cuanto más doy, más toma él. Cuanto más da, más quiero yo.
Me subo a él, tentándolo mientras rápidamente quita mi camisa, dejando al descubierto mis pechos a él. Sus manos se acercan para tomar cada redondo pezón. El toque áspero de sus manos contra mi piel suave me tiene lista para rogarle que los chupe. Él masajea suavemente mientras me alejo de nuestro beso. Entonces arqueo mi espalda, empujando mi seno a su rostro.
Las sensaciones me abruman, mi cuerpo está en llamas, y oh, Dios mío, mis partes de mujer cobran vida mientras lame y chupa y sostiene y Ohhhhhhhh... justo ahí. Me tiene caminando.
Él me voltea sobre mi espalda y se pone sobre mí después de quitarse el pantalón. Su erección roza sobre mí mientras se mueve a horcajadas sobre mi cintura. Tomando mis pechos otra vez, pone su pene entre ellos mientras se empuja, presionando mis pechos en él. Con cada toque, siento más. El cosquilleo crece mientras la fricción de él deslizándose entre mis pechos me tiene con ganas de más.
Dejo caer la barbilla al pecho y abro la boca para él. Mi lengua juega en la cabeza de su pene mientras su líquido pre-seminal gotea de ella. Él toma el paso, y dejo mis manos sobre las suyas para agregarlas al peso frotando mis pechos. Él se tensa y se viene, soltando su líquido en mi pecho y cuello.
Se aleja para bajar la cabeza hasta mis sensibles pezones, chupando el derecho mientras rueda su pulgar sobre el izquierdo. Estoy tan excitada de haber dirigido su semen a mi cuello y de todo lo que es simplemente Pedro Alfonso.
Él jala de su boca y luego sopla mi pezón, y yo tiemblo bajo él mientras un orgasmo se dispara a través de mí. Comienzo a reír de inmediato, lo que significa resoplar, causando que Pedro levante la cabeza para mirarme.
—No se supone que debas estar riendo, Pau.
—Pedro. —Me río—. Sólo, umm... Yo solo, ya sabes. Ni siquiera lo, hemos hecho... y... ya sabes. —Empiezo a reír de nuevo.
Pedro simplemente me sonríe.
—Vamos a limpiarnos, Pau. Maldita loca.
Se levanta y me lleva al cuarto de baño para que me duche de nuevo. Cuando salgo, Pedro nos cambió a la otra cama limpia en nuestra habitación de hotel y está esperando a que me una a él. Subo a ella sin dudarlo.
Completamente satisfecha todavía no puedo dormir, por lo que decido preguntarle a Pedro sobre sus padres.
—Tu madre, dices que tiene buen corazón. Por lo tanto, ¿eres cercano a ella? Sé que eres cercano a tus hermanos, pero nunca la he visto por ahí a ella.
jueves, 22 de septiembre de 2016
CAPITULO 31 (PRIMERA HISTORIA)
Soy una persona mañanera. Aunque he trabajado la mayor parte de mi vida hasta la hora de dormir, me gusta la tranquilidad de la mañana.
Estamos conduciendo hasta el hospital en un día hermoso, el sol de California brilla radiantemente. La tristeza todavía envuelve a Pau. Puede que ella no lo sepa ahora, pero entiendo lo importante que será esto para nuestro futuro.
Cuando nos detenemos frente al estacionamiento, tiene la mirada baja y juega con sus manos.
—Pau, mira hacia arriba y por la ventana. —Lo hace y asiente mientras se muerde la uña del dedo—. El sol está brillando. El cielo no se ha caído. El mundo todavía está bien. Mostraste tu fuerza al venir aquí. Estoy orgulloso de ti.
Se encoge de hombros y luego fuerza una sonrisa.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por estar aquí, porque te preocupas lo suficiente por mí para…
—Sí, bueno, haces imposible no hacerlo. —Entrelazo mis dedos con los suyos y beso sus nudillos.
—Así que, ¿pensaste que conocerías a mi padre tan pronto? —Trata de bromear.
—Nop. —Sonrío.
—Dime algo incómodo sobre ti. Tal vez esto se sentirá menos... bueno, incómodo.
—Mis padres nunca se casaron.
—Los míos tampoco.
—Llevo el apellido de mi madre y rezo por su corazón.
Me mira y sonríe.
—Si el suyo es bueno, tienes el tuyo por ella.
Asiento.
—El suyo era algo, eso es seguro.
—¿No te gustan tus padres?
—No me gusta mi papá. —Abro la puerta para evitar la torpe charla sobre la madre muerta mientras su padre está luchando por vivir. Le abro su puerta—. Vamos a enfrentar esto, ¿de acuerdo?
Sostiene mi mano con fuerza y prácticamente se funde conmigo mientras caminamos hacia la entrada del hospital.
Miramos el letrero y tomamos el ascensor hasta el séptimo piso, donde está Unidad Coronaria. Nos dirigimos al mostrador y pregunta por la habitación de su padre. La enfermera informa que sólo se permite la familia inmediata.
Le dice a la enfermera que es su hija y entonces asiente antes de mirarme. Se fija en los tatuajes que asoman por mis mangas, y no me importa una mierda.
—Su marido —digo antes de que pregunte quién soy.
Cuando pasamos, Pau me mira.
Le guiño un ojo.
—No quería que tuvieras que hacer esto sola.
Nos detenemos en la estación de otra enfermera y Pau encuentra su voz. Le pregunta acerca de su padre y la enfermera le dice lo mismo que la anterior.
Cuando finalmente entramos a su habitación, está dormido.
Retiro una silla y le hago señas para que se siente mientras me quedo detrás de ella.
Cuando fui a recoger el otro día a Pau al hospital para almorzar, fue la primera vez que estuve en uno desde que mamá falleció. Fue diferente. No me encontraba en una habitación viendo a alguien luchando por su vida, y no estaba enfrentando el maldito pitido universal sonando de esas malditas máquinas. Esta vez, no puedo escapar de todo eso.
El olor estéril asalta mi nariz. Las paredes blancas ocupan mi visión. El ajetreo y el bullicio de las enfermeras esperando por la siguiente llamada me pone en el borde. Hoy es diferente.
Si Pau no me importara, no estaría aquí. Quiero ser fuerte por ella. Seré fuerte por ella. Soy fuerte por ella.
Los ojos de su papá se abren y me doy cuenta de que la parte izquierda de su rostro está algo caído. Sonríe, pero sólo la parte derecha de sus labios sube. Por último, las lágrimas comienzan a fluir, y es cuando ambos lados de él parecen funcionar.
—Hola, papá—dice Pau con una voz de niña pequeña.
—Pa-ul-a… —Cierra los ojos y niega un poco.
—Está bien. —Se levanta para sostener su mano.
Tomo nota que no se ha frotado el culo ni una vez, y estoy muy contento.
—Brian —farfulla y el cuerpo de Pau se tensa visiblemente—. Debería. Haberlo. Detenido…
—¿Lo sabías? —pregunta ella con voz chillona.
—Él. Terapia. —Asiente.
—¿Se lo dijo a un terapeuta?
—A uno famil… —Se frustra porque no puede hablar—. Lo. Siento. —Ella asiente mientras pasa su mano por debajo de su nariz—. Él lo sie…—trata de decir.
Mi sangre empieza a hervir. ¿Cómo podía saberlo su papá y no haber intervenido?
—¿Cuándo? —La voz de Pau es más fuerte ahora.
—Dos años. —Cierra los ojos.
—Lo has sabido desde hace dos años y nunca… —Se detiene cuando pongo mi mano sobre su hombro.
—¿Tú? —me pregunta.
—Soy el hombre de Paula. —No iba a decir novio, pero quiero que sepa lo que es un hombre. Estoy tratando de calmarla mientras peleo como un hijo de puta para no decirle que no es un hombre. Un hombre interviene para proteger a su mujer y a sus hijos.
—Pedro Alfonso, este es mi padre, Dario Chaves.
Asiento, y él lo intenta también.
—Tienes una chica increíble aquí. Fuerte, inteligente y trabajadora.
—¿Trabajo? —gruñe.
—Es dueño de un bar —contesta ella—. En Detroit.
—Así es como nos conocimos —digo—. Pau solicitó un puesto cuando estaba caminando en el frío polar porque su auto se averió. Como dije, es trabajadora. No espera algo de la nada y no tomaría la mano de nadie si se la ofrecieran.
—Buena. Chica.
—Ciertamente lo es. —Envuelvo mi brazo a su alrededor y la acerco a mi lado.
Hay silencio por un momento y me obligo a alejarme, pero ella toma mi mano y la frota.
—Lo siento —farfulla de nuevo.
—Acepto tus disculpas —dice ella en un tono muy diferente.
Pau suena fuerte por primera vez desde que recibió la llamada.
—Brian. Lo siente.
—Papá, por favor, no me presiones.
—Siento. Tanto. Haberte. Fallado.
Ella asiente.
—Necesitas descansar. Voy a hablar con tu médico, le daré mi número y volveré en un par de horas.
Con eso, salimos al pasillo y se da la vuelta y me abraza. No hay necesidad de palabras; simplemente necesita ser abrazada. Así que la sostengo con fuerza.
Finalmente, algo la agita y se aleja.
—¿Paula? —Levanto la vista para ver a una mujer caminando hacia nosotros. No es sólo una mujer, sin embargo; es una mujer mayor y un hombre más joven.
Pau se voltea, sin soltar mi mano, se congela.
—Me alegro de que hayas podido venir.
Pau no dice nada, ni una cosa, y no tengo ni idea de qué decir. Sin embargo, cuando veo la forma en que el hombre la mira, estoy listo para estallar.
—¿Quieres salir de aquí? —gruño.
Niega.
—Hola —chilla.
—Paula, te ves… —Hace una pausa y luego me mira—. ¿Puedo tener diez minutos con ella?
—No —respondo, acercándola más a mí.
—Brian, no tienes que…
—Basta, mamá. Suficiente —espeta Brian a la madrastra, luego mira a Pau de nuevo—. No lo merezco, pero quiero diez minutos de tu tiempo. —Me mira—. No voy a lastimarla.
—Tienes toda la maldita razón en que no lo harás —siseo hacia él.
Respira profundamente y mira a Pau.
—Necesito hablar contigo.
—¿Estuviste en Detroit? —pregunta ella.
Luce confundido.
—¿Estuviste en Detroit? —repite.
Él niega.
—Brian, vámonos. —Victoria intenta alejarlo.
—Vete —le espeta—. Ahora. —Mira a Pau—. Cinco minutos. —Camina hacia una pequeña habitación.
—No tienes que hacer esto. No tienes que… —Prácticamente estoy rogándole. Prometí que nadie la lastimaría.
—Sí, lo hago —dice, apartándose de mi agarre—. Puedes venir.
—Es posible que lo mate.
—Pedro, por favor.
La sigo a la habitación, donde Brian camina de un lado a otro. Se detiene cuando entramos, cierra los ojos y luego respira profundamente.
—Voy a hablar rápido, porque el que hayas aceptado venir aquí es un regalo, y lo sé. Tuve un padrastro, el segundo marido de Victoria. No fue amable. Siempre me decía que papi no quería a un niño roto. —Hace una pausa, cerrando los ojos con fuerza—. Cuando se lo dije, ella no escuchó. Perdí algo que nunca podré recuperar. Tenía diez años cuando empezó. Ella pensó que estaba mintiendo y todavía no lo ha afrontado. Tu padre me creyó, sin embargo. Se enfrentó al hombre. Cuando te conocí, estaba enojado, pero me hacías sonreír. Eras tan buena, Paula. Quería eso. No sé si estaba tratando de robar tu luz o de aplastarla. Fuiste un soplo de aire fresco. Siempre dulce y amable. Cuando mi madre empezó a decir cosas malas, no quería que te rompieras. No quería que te sintieras rota. Diablos, pensé que estaba tratando de salvarte. No merezco que lo aceptes, pero tengo que pedirte perdón.
Espera a que ella diga algo, pero no lo hace.
—Estoy casado. Tengo una niña de dos años. Mataría a alguien si la tocara. No voy a utilizar la vieja excusa de que era joven, hormonal, o que simplemente eras demasiado hermosa, pero todo remató en que fui abusado... —Se encoge de hombros—. Lo siento, Paula. Lo siento tanto.
Ella asiente y traga.
—Cuida de ella.
—Moriría por ella.
—Acepto…
—Pau, no significa jodidamente no. —No puedo contener mi rabia.
—Pedro…
—Si tan sólo la miras con ojos bizcos, te alimentaré con tus pelotas —amenazo.
—He cambiado. Estoy arrepentido. Lo siento.
—La gente puede cambiar —dice ella y se encoge de hombros. Me mira—. La gente puede cambiar.
Asiento una vez y, entonces, Brian deja escapar un suspiro largo y lento.
—Voy a ver a tu padre. Madre lo agobiará de nuevo. —Hace una pausa en la puerta—. Paula, la dejó hace un par de años. No es que él sea tu responsabilidad, pero realmente no tiene a nadie.
—¿Se han divorciado?
Asiente.
—La ve como realmente es ahora. Yo también, pero no puedo divorciarme de ella, sabes.
¿Por qué está dejando que este hijo de puta le hable?
—¿El papeleo…?
—No tengo ni idea. Sé que él preguntó por ti y que ella vino porque el hospital la llamó. No la quiere aquí, sin embargo. —Traga—. Algunas personas no pueden cambiar, pero juro por la vida de Gaby, por mi vida, que lo he hecho.
—¿El nombre de tu hija es Gaby?
Asiente y sonríe con tristeza.
Veo el arrepentimiento en sus ojos, veo la aceptación en los de ella, y todavía quiero romperle el cuello como un hueso de pollo.
Después de ese encuentro, miro a Pau con los médicos de su padre, rellenando el papeleo. Escucho hablar sobre testamentos en vida, de “orden de no reanimación”, de posibles centros de rehabilitación, de atención domiciliaria de enfermeras de adultos, y mi cabeza comienza a girar. Veo fuerza e inteligencia en ella. Veo a la mujer más sexy envuelta en un paquete, y lo único que quiero es mirarla cada día. Quiero mantenerla a salvo, cálida, alimentada y debajo de mí.
Una vez que estamos de vuelta en la habitación de su padre, ella le explica todo lo que sucede. La mira como yo, jodidamente impresionado, pero también hay tristeza en sus ojos, una que imagino se basa en el arrepentimiento. No quiero nunca esa mirada en mis ojos, ni con ella, ni con nuestros hijos.
Me quedo sin aliento. Siento como si me acabara de despertar del infierno y hubiera visto un ángel. Estoy en un maldito hospital, en un lugar que desprecio, y me ha golpeado este sentimiento.
—¿Estás listo?
—Claro que sí —digo, evitando el contacto visual. No quiero que me vea débil, y esta es una puta debilidad que voy a conquistar de la manera en que un hombre debería hacerlo.
—Pedro—farfulla su padre—. ¿Un momento a solas?
Pau me mira y asiento.
—Saldré en un minuto, cariño.
Cuando se va, me acerco a su lado.
—Gracias.
—No, hombre, no necesitas agradecerme. Ella es jodidamente increíble.
Cierra los ojos.
—¿La amas?
—Ella va a ser la primera en escuchar esas palabras de mí, no tú. —Sonrío, porque sé que es algo feo para decir a un hombre enfermo.
—Demuéstraselo.
—Cada día. Mira, vendremos de nuevo más tarde. Estoy seguro de que se encuentra cansada.
Asiente y cierra los ojos.
—La quiero. Su mamá, es mejor que yo.
Después de esa breve charla, me uno a Pau en el pasillo, y salimos del hospital a donde el sol sigue brillando. Luce cansada, pero muy hermosa. Extiendo el brazo y froto su trasero.
—¿Qué dicen hoy?
Sonríe y se encoge de hombros.
—Más fuerte que la mayoría.
—Seguro que lo eres. Joder. —No puedo soportarlo. Me detengo al lado del auto, girándola y levanto su barbilla—. Pau, soy un hombre sencillo. Trabajo duro, juego más duro, y nunca en mi vida esperé follar en un armario con una chica sexy y un mes más tarde estar listo para decir esto, pero lo estoy. Mereces tener a un hombre a tu lado que piense que el mundo se balancea cuando se da cuenta de que no sólo estás en su vida, sino que eres la mejor parte de ésta. Tú, Paula Chaves, eres la mejor parte de mi vida, y estoy tan jodidamente enamorado de ti. Te. Amo.
No dice nada, haciéndome sentir en carne viva.
—Di algo, Pau —ruego.
—Tuve mi periodo hoy. —Su ceño se profundiza—. Así que no tienes que…
—¿No tengo que? Como si hubiera una maldita elección.
Pau, no se trata de eso y nunca lo ha sido.
—¿Nunca? —Me mira como si estuviera loco.
—No. Me alegro de que lo tengas. Quiero decir, no ahora, porque quiero estar enterrado profundamente dentro de ti, pero necesito tiempo para convencerte de que está bien que me ames. Mierda, lo voy a forzar, si tengo que hacerlo. Estoy…ENAMORADO
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