HISTORIA DE Chelsea Camaron y MJ FIELDS

LENGUAJE ADULTO

jueves, 22 de septiembre de 2016

CAPITULO 31 (PRIMERA HISTORIA)





Soy una persona mañanera. Aunque he trabajado la mayor parte de mi vida hasta la hora de dormir, me gusta la tranquilidad de la mañana.


Estamos conduciendo hasta el hospital en un día hermoso, el sol de California brilla radiantemente. La tristeza todavía envuelve a Pau. Puede que ella no lo sepa ahora, pero entiendo lo importante que será esto para nuestro futuro.


Cuando nos detenemos frente al estacionamiento, tiene la mirada baja y juega con sus manos.


—Pau, mira hacia arriba y por la ventana. —Lo hace y asiente mientras se muerde la uña del dedo—. El sol está brillando. El cielo no se ha caído. El mundo todavía está bien. Mostraste tu fuerza al venir aquí. Estoy orgulloso de ti.


Se encoge de hombros y luego fuerza una sonrisa.


—Gracias.


—¿Por qué?


—Por estar aquí, porque te preocupas lo suficiente por mí para…


—Sí, bueno, haces imposible no hacerlo. —Entrelazo mis dedos con los suyos y beso sus nudillos.


—Así que, ¿pensaste que conocerías a mi padre tan pronto? —Trata de bromear.


—Nop. —Sonrío.


—Dime algo incómodo sobre ti. Tal vez esto se sentirá menos... bueno, incómodo.


—Mis padres nunca se casaron.


—Los míos tampoco.


—Llevo el apellido de mi madre y rezo por su corazón.


Me mira y sonríe.


—Si el suyo es bueno, tienes el tuyo por ella.


Asiento.


—El suyo era algo, eso es seguro.


—¿No te gustan tus padres?


—No me gusta mi papá. —Abro la puerta para evitar la torpe charla sobre la madre muerta mientras su padre está luchando por vivir. Le abro su puerta—. Vamos a enfrentar esto, ¿de acuerdo?


Sostiene mi mano con fuerza y prácticamente se funde conmigo mientras caminamos hacia la entrada del hospital. 


Miramos el letrero y tomamos el ascensor hasta el séptimo piso, donde está Unidad Coronaria. Nos dirigimos al mostrador y pregunta por la habitación de su padre. La enfermera informa que sólo se permite la familia inmediata.


Le dice a la enfermera que es su hija y entonces asiente antes de mirarme. Se fija en los tatuajes que asoman por mis mangas, y no me importa una mierda.


—Su marido —digo antes de que pregunte quién soy.


Cuando pasamos, Pau me mira.


Le guiño un ojo.


—No quería que tuvieras que hacer esto sola.


Nos detenemos en la estación de otra enfermera y Pau encuentra su voz. Le pregunta acerca de su padre y la enfermera le dice lo mismo que la anterior.


Cuando finalmente entramos a su habitación, está dormido. 


Retiro una silla y le hago señas para que se siente mientras me quedo detrás de ella.


Cuando fui a recoger el otro día a Pau al hospital para almorzar, fue la primera vez que estuve en uno desde que mamá falleció. Fue diferente. No me encontraba en una habitación viendo a alguien luchando por su vida, y no estaba enfrentando el maldito pitido universal sonando de esas malditas máquinas. Esta vez, no puedo escapar de todo eso.


El olor estéril asalta mi nariz. Las paredes blancas ocupan mi visión. El ajetreo y el bullicio de las enfermeras esperando por la siguiente llamada me pone en el borde. Hoy es diferente.


Si Pau no me importara, no estaría aquí. Quiero ser fuerte por ella. Seré fuerte por ella. Soy fuerte por ella.


Los ojos de su papá se abren y me doy cuenta de que la parte izquierda de su rostro está algo caído. Sonríe, pero sólo la parte derecha de sus labios sube. Por último, las lágrimas comienzan a fluir, y es cuando ambos lados de él parecen funcionar.


—Hola, papá—dice Pau con una voz de niña pequeña.


—Pa-ul-a… —Cierra los ojos y niega un poco.


—Está bien. —Se levanta para sostener su mano.


Tomo nota que no se ha frotado el culo ni una vez, y estoy muy contento.


—Brian —farfulla y el cuerpo de Pau se tensa visiblemente—. Debería. Haberlo. Detenido…


—¿Lo sabías? —pregunta ella con voz chillona.


—Él. Terapia. —Asiente.


—¿Se lo dijo a un terapeuta?


—A uno famil… —Se frustra porque no puede hablar—. Lo. Siento. —Ella asiente mientras pasa su mano por debajo de su nariz—. Él lo sie…—trata de decir.


Mi sangre empieza a hervir. ¿Cómo podía saberlo su papá y no haber intervenido?


—¿Cuándo? —La voz de Pau es más fuerte ahora.


—Dos años. —Cierra los ojos.


—Lo has sabido desde hace dos años y nunca… —Se detiene cuando pongo mi mano sobre su hombro.


—¿Tú? —me pregunta.


—Soy el hombre de Paula. —No iba a decir novio, pero quiero que sepa lo que es un hombre. Estoy tratando de calmarla mientras peleo como un hijo de puta para no decirle que no es un hombre. Un hombre interviene para proteger a su mujer y a sus hijos.


—Pedro Alfonso, este es mi padre, Dario Chaves.


Asiento, y él lo intenta también.


—Tienes una chica increíble aquí. Fuerte, inteligente y trabajadora.


—¿Trabajo? —gruñe.


—Es dueño de un bar —contesta ella—. En Detroit.


—Así es como nos conocimos —digo—. Pau solicitó un puesto cuando estaba caminando en el frío polar porque su auto se averió. Como dije, es trabajadora. No espera algo de la nada y no tomaría la mano de nadie si se la ofrecieran.


—Buena. Chica.


—Ciertamente lo es. —Envuelvo mi brazo a su alrededor y la acerco a mi lado.


Hay silencio por un momento y me obligo a alejarme, pero ella toma mi mano y la frota.


—Lo siento —farfulla de nuevo.


—Acepto tus disculpas —dice ella en un tono muy diferente. 


Pau suena fuerte por primera vez desde que recibió la llamada.


—Brian. Lo siente.


—Papá, por favor, no me presiones.


—Siento. Tanto. Haberte. Fallado.


Ella asiente.


—Necesitas descansar. Voy a hablar con tu médico, le daré mi número y volveré en un par de horas.


Con eso, salimos al pasillo y se da la vuelta y me abraza. No hay necesidad de palabras; simplemente necesita ser abrazada. Así que la sostengo con fuerza.


Finalmente, algo la agita y se aleja.


—¿Paula? —Levanto la vista para ver a una mujer caminando hacia nosotros. No es sólo una mujer, sin embargo; es una mujer mayor y un hombre más joven.


Pau se voltea, sin soltar mi mano, se congela.


—Me alegro de que hayas podido venir.


Pau no dice nada, ni una cosa, y no tengo ni idea de qué decir. Sin embargo, cuando veo la forma en que el hombre la mira, estoy listo para estallar.


—¿Quieres salir de aquí? —gruño.


Niega.


—Hola —chilla.


—Paula, te ves… —Hace una pausa y luego me mira—. ¿Puedo tener diez minutos con ella?


—No —respondo, acercándola más a mí.


—Brian, no tienes que…


—Basta, mamá. Suficiente —espeta Brian a la madrastra, luego mira a Pau de nuevo—. No lo merezco, pero quiero diez minutos de tu tiempo. —Me mira—. No voy a lastimarla.


—Tienes toda la maldita razón en que no lo harás —siseo hacia él.


Respira profundamente y mira a Pau.


—Necesito hablar contigo.


—¿Estuviste en Detroit? —pregunta ella.


Luce confundido.


—¿Estuviste en Detroit? —repite.


Él niega.


—Brian, vámonos. —Victoria intenta alejarlo.


—Vete —le espeta—. Ahora. —Mira a Pau—. Cinco minutos. —Camina hacia una pequeña habitación.


—No tienes que hacer esto. No tienes que… —Prácticamente estoy rogándole. Prometí que nadie la lastimaría.


—Sí, lo hago —dice, apartándose de mi agarre—. Puedes venir.


—Es posible que lo mate.


—Pedro, por favor.


La sigo a la habitación, donde Brian camina de un lado a otro. Se detiene cuando entramos, cierra los ojos y luego respira profundamente.


—Voy a hablar rápido, porque el que hayas aceptado venir aquí es un regalo, y lo sé. Tuve un padrastro, el segundo marido de Victoria. No fue amable. Siempre me decía que papi no quería a un niño roto. —Hace una pausa, cerrando los ojos con fuerza—. Cuando se lo dije, ella no escuchó. Perdí algo que nunca podré recuperar. Tenía diez años cuando empezó. Ella pensó que estaba mintiendo y todavía no lo ha afrontado. Tu padre me creyó, sin embargo. Se enfrentó al hombre. Cuando te conocí, estaba enojado, pero me hacías sonreír. Eras tan buena, Paula. Quería eso. No sé si estaba tratando de robar tu luz o de aplastarla. Fuiste un soplo de aire fresco. Siempre dulce y amable. Cuando mi madre empezó a decir cosas malas, no quería que te rompieras. No quería que te sintieras rota. Diablos, pensé que estaba tratando de salvarte. No merezco que lo aceptes, pero tengo que pedirte perdón.


Espera a que ella diga algo, pero no lo hace.


—Estoy casado. Tengo una niña de dos años. Mataría a alguien si la tocara. No voy a utilizar la vieja excusa de que era joven, hormonal, o que simplemente eras demasiado hermosa, pero todo remató en que fui abusado... —Se encoge de hombros—. Lo siento, Paula. Lo siento tanto.


Ella asiente y traga.


—Cuida de ella.


—Moriría por ella.


—Acepto…


—Pau, no significa jodidamente no. —No puedo contener mi rabia.


—Pedro…


—Si tan sólo la miras con ojos bizcos, te alimentaré con tus pelotas —amenazo.


—He cambiado. Estoy arrepentido. Lo siento.


—La gente puede cambiar —dice ella y se encoge de hombros. Me mira—. La gente puede cambiar.


Asiento una vez y, entonces, Brian deja escapar un suspiro largo y lento.


—Voy a ver a tu padre. Madre lo agobiará de nuevo. —Hace una pausa en la puerta—. Paula, la dejó hace un par de años. No es que él sea tu responsabilidad, pero realmente no tiene a nadie.


—¿Se han divorciado?


Asiente.


—La ve como realmente es ahora. Yo también, pero no puedo divorciarme de ella, sabes.


¿Por qué está dejando que este hijo de puta le hable?


—¿El papeleo…?


—No tengo ni idea. Sé que él preguntó por ti y que ella vino porque el hospital la llamó. No la quiere aquí, sin embargo. —Traga—. Algunas personas no pueden cambiar, pero juro por la vida de Gaby, por mi vida, que lo he hecho.


—¿El nombre de tu hija es Gaby?


Asiente y sonríe con tristeza.


Veo el arrepentimiento en sus ojos, veo la aceptación en los de ella, y todavía quiero romperle el cuello como un hueso de pollo.


Después de ese encuentro, miro a Pau con los médicos de su padre, rellenando el papeleo. Escucho hablar sobre testamentos en vida, de “orden de no reanimación”, de posibles centros de rehabilitación, de atención domiciliaria de enfermeras de adultos, y mi cabeza comienza a girar. Veo fuerza e inteligencia en ella. Veo a la mujer más sexy envuelta en un paquete, y lo único que quiero es mirarla cada día. Quiero mantenerla a salvo, cálida, alimentada y debajo de mí.


Una vez que estamos de vuelta en la habitación de su padre, ella le explica todo lo que sucede. La mira como yo, jodidamente impresionado, pero también hay tristeza en sus ojos, una que imagino se basa en el arrepentimiento. No quiero nunca esa mirada en mis ojos, ni con ella, ni con nuestros hijos.


Me quedo sin aliento. Siento como si me acabara de despertar del infierno y hubiera visto un ángel. Estoy en un maldito hospital, en un lugar que desprecio, y me ha golpeado este sentimiento.


—¿Estás listo?


—Claro que sí —digo, evitando el contacto visual. No quiero que me vea débil, y esta es una puta debilidad que voy a conquistar de la manera en que un hombre debería hacerlo.


—Pedro—farfulla su padre—. ¿Un momento a solas?


Pau me mira y asiento.


—Saldré en un minuto, cariño.


Cuando se va, me acerco a su lado.


—Gracias.


—No, hombre, no necesitas agradecerme. Ella es jodidamente increíble.


Cierra los ojos.


—¿La amas?


—Ella va a ser la primera en escuchar esas palabras de mí, no tú. —Sonrío, porque sé que es algo feo para decir a un hombre enfermo.


—Demuéstraselo.


—Cada día. Mira, vendremos de nuevo más tarde. Estoy seguro de que se encuentra cansada.


Asiente y cierra los ojos.


—La quiero. Su mamá, es mejor que yo.


Después de esa breve charla, me uno a Pau en el pasillo, y salimos del hospital a donde el sol sigue brillando. Luce cansada, pero muy hermosa. Extiendo el brazo y froto su trasero.


—¿Qué dicen hoy?


Sonríe y se encoge de hombros.


—Más fuerte que la mayoría.


—Seguro que lo eres. Joder. —No puedo soportarlo. Me detengo al lado del auto, girándola y levanto su barbilla—. Pau, soy un hombre sencillo. Trabajo duro, juego más duro, y nunca en mi vida esperé follar en un armario con una chica sexy y un mes más tarde estar listo para decir esto, pero lo estoy. Mereces tener a un hombre a tu lado que piense que el mundo se balancea cuando se da cuenta de que no sólo estás en su vida, sino que eres la mejor parte de ésta. Tú, Paula Chaves, eres la mejor parte de mi vida, y estoy tan jodidamente enamorado de ti. Te. Amo.


No dice nada, haciéndome sentir en carne viva.


—Di algo, Pau —ruego.


—Tuve mi periodo hoy. —Su ceño se profundiza—. Así que no tienes que…


—¿No tengo que? Como si hubiera una maldita elección. 
Pau, no se trata de eso y nunca lo ha sido.


—¿Nunca? —Me mira como si estuviera loco.


—No. Me alegro de que lo tengas. Quiero decir, no ahora, porque quiero estar enterrado profundamente dentro de ti, pero necesito tiempo para convencerte de que está bien que me ames. Mierda, lo voy a forzar, si tengo que hacerlo. Estoy…ENAMORADO





CAPITULO 30 (PRIMERA HISTORIA)




Absolutamente odio volar. El que decidió subirse a una lata y propulsarse en el aire como si fuera una buena idea, estaba loco como una cabra. Los hermanos Wright y toda su genialidad… lo que sea.


Las mariposas revolotean en mi estómago mientras mis nervios me alcanzan. Corro al baño y vacío el contenido de la cena de anoche. Inmediatamente, Pedro está a mi lado, sosteniendo mi cabello.


—¿Estás bien, Pau?


Asiento mientras trato de no pensar en estar en el aire. La subida centímetro a centímetro, metro a…


Me inclino sobre el inodoro otra vez, ahora sólo son arcadas.


Flotando en las nubes, volando en el cielo... No estaba destinada a ser un pájaro. Por consiguiente, nada de esto me atrae.


—Pau —Pedro no trata de ocultar su preocupación en su tono.


—Estoy bien. Supongo que debería haber mencionado que odio volar. —Resoplo, riéndome, lo que me causa una sacudida por las arcadas de nuevo.


Una vez que Pedro libera su agarre en mi cabello y desaparece del baño, me tomo el tiempo para reprimir el resto de mi náusea y cepillarme los dientes. Regresa con una taza de agua y pastillas para el vómito. Sonrío suavemente mientras me las tomo y termino de prepararme.


Nada más salir, veo el brillante auto deportivo de Gonzalo enfrente. Siempre con estilo, Gonzalo lleva pantalones negros, una camisa gris de botones y gafas de sol de aviador. Parece que acaba de salir de una sesión de fotos para una revista de moda de clase alta. Niego mientras se acerca a nosotros. Es muy temprano por la mañana para que cualquiera se ponga eso.


Asiente hacia Pedro antes de abrazarme. Pedro prácticamente gruñe, mientras me río con un resoplido. Soy una boba, pero, oh, bueno.


Tomando mi bolsa, Pedro carga todo en la parte posterior de su Chevy clásico.


—Mira, hombre, es poderosa, pero no está hecha para tomar esas curvas en un cambio como tu extranjero, lata de aluminio y excusa de auto, Gonzalo. No conduzcas como si lo hubieras robado, hijo de puta —ordena Pedro.


Los chicos y sus juguetes.


Niego y dejo escapar otra risita mientras me acomodo en el asiento trasero, sorprendida cuando Pedro se une a mí en lugar de sentarse al frente y estar en el asiento del pasajero con su hermano.


Los nervios me consumen cuanto más nos acercamos al aeropuerto. ¿Realmente volveré allí?


¿Por qué mi padre tiene tantas ganas de verme?


Realmente me gustaría poder vomitar otra vez; sólo que el medicamento está haciendo su trabajo.


Pedro entrelaza nuestras manos mientras caminamos por el aeropuerto. El único momento en que no me toca con algún tipo de consuelo, orientación o posesividad es cuando pasamos por el control de seguridad individualmente. 


Encuentro su atención hacia mí simplemente como otra razón para amarlo.


Jadeo.


—Pau, ¿estás bien?


No, no estoy bien. Me he enamorado de Pedro Alfonso.


Seguramente no está listo para esa admisión. No le puedo decir nada de esto.


Reprimiéndolo, trago.


—Estoy bien. Tengo miedo a volar, eso es todo.


Después de cerca de siete horas, llegamos seguros a California. Afortunadamente, Pedro sabía que no querría incomodar a mi madrastra ni estar en deuda con ninguno de ellos, por lo que alquiló un auto para nosotros.


Al detenernos en el hospital, me invade una mezcla de emociones. Hago esto para ganarme la vida. Trato, día tras día, con pacientes en la misma situación que la emergencia médica de mi papá y no estoy preparada para ello.


¿Mi malvada madrastra ya ha firmado una “orden de no reanimar”? Si uno de esos mini-ataques se vuelve algo más, ¿el papeleo de mi papá estará en orden? ¿Sus asuntos se encontrarán en orden? ¿Mi malvada madrastra comprende la necesidad y la importancia de un poder médico de un abogado? Si pierde la capacidad de ser consciente de su entorno y es incapaz de tomar decisiones acertadas, alguien tiene que tener un poder médico para manejar su cuidado de
salud y bienestar. ¿Tendrá testamento? ¿Cómo se siente realmente acerca del soporte de vida?


Cuanto más permito que mi cerebro trabaje en todas las preguntas que no tienen respuestas, más me doy cuenta de que no sé nada de mi papá.


Por primera vez en mucho tiempo, sé que ceder el control es exactamente lo que necesito.


Más importante aún, sé que Pedro Alfonso cumplirá su promesa. Sólo espero algún día poder ser la mitad de importante para él como lo es para mí.









CAPITULO 29 (PRIMERA HISTORIA)





Me río mientras entro al bar esta noche. Caminando junto a Pedro, froto mi culo y un resoplido me sale involuntariamente. “Volverlo salvaje”. Sí, creo que voy a divertirme con estas bragas esta noche.


—Habla, ¿por qué sonríes? —pregunta Pedro mientras sigo frotando mi trasero.


—Por nada en absoluto, Melancólico Alfonso. Por nada en absoluto. —Me río de nuevo mientras termino de recoger mis cosas y salir hacia el bar.


—¿Melancólico?


—Sí, eso la mayoría de las veces te queda.


Pone los ojos en blanco y luego se inclina hacia abajo, plantando un beso en mis labios.


—No me gusta.


—Creo que tampoco me gustaba al principio, pero está empezando a hacerlo.


Esta noche es constante. No tan ocupada como los fines de semana, aunque ciertamente me mantiene en movimiento para ser un día entre semana. Los días de la semana son difíciles después de estar en el hospital todo el día, pero realmente disfruto trabajando aquí más cada día que pasa.


Mi periodo no ha llegado, pero las líneas en la prueba dijeron que era negativa. No puedo evitar estar un poco decepcionada de no tener un bebé, incluso aunque no debería estarlo. Realmente, este no es el mejor momento para tener un bebé, para que tengamos un bebé… cuando todavía nos estamos acostumbrando a ser un “nosotros”. 


Nunca he sido parte de un “nosotros”. Rayos, hasta Pedro, nunca realmente he ido a una cita. Tener un bebé no sería bueno para ninguno de nosotros, pero, ¿de verdad sería tan malo? Supongo que nunca lo sabremos.


Sonrío pensando en estar con Pedro. Esas bragas. Sus bragas. Su propiedad. Claro, no son elogios de amor, no son ciertamente corazones, chocolates, rosas o bizcochos, pero significa algo para mí. Mi ropa interior es mi poder. Dar y recibir.


Lo que es más, Pedro me da ese equilibrio. Me siento orgullosa de ser su propiedad.


Pensando en sus bragas, añado un poco más de balanceo a mis caderas mientras me muevo detrás de la barra. Miro hacia arriba y veo a Julian caminando. Estoy lista para él.


Pongo su cerveza en la barra.


—¿Cómo le dijo Jay-Z a su novia antes de casarse con ella? —Me mira, sonríe y luego niega—. Feyonce. —Me río, y se parte de la risa.


Toma un trago y luego se inclina.


—¿Quieres oír una broma sobre mi polla?


—Oh, umm...


—No, no lo hace. —Pedro aparece a mi lado.


—Bien, es demasiado larga, de todos modos. —Se ríe entre dientes, y Pedro empieza a reír.


No entiendo por qué se están riendo, o por qué Pedro lo hace cuando es, bueno, melancólico.


Me mira y sonríe.


—No tengo que matar a uno de mis clientes favoritos, Pau, y eso fue divertido.


—No entiendo. —Y no lo hago.


—Pau, ¿su polla era demasiado larga?


Niego.


—Todavía no entien… oh. —Me río y luego resoplo mientras pongo un trago delante de él—. Eso es divertido.


Una hora después, mi teléfono vibra en mi bolsillo trasero. 


Mientras lo saco, reconozco el número que aparece en la pantalla.


Me recorren escalofríos y se me cae la botella de whisky de mi mano. Se estrella en el suelo, rompiéndose mientras mi cuerpo empieza a temblar.


Inmediatamente, Pedro está a mi lado. Sus brazos me rodean antes de que, literalmente, me alce en brazos y me lleve lejos del desastre.


Una vez que el teléfono deja de vibrar, por fin puedo respirar de nuevo. Pedro me deja en un mostrador en la parte posterior de la cocina, pero el teléfono empieza a vibrar de nuevo antes de que pueda decir una palabra.


Con manos temblorosas, deslizo la pantalla para contestar. 


Tengo que ser fuerte.


—H-h-hola.


—Paula, tu padre está en el hospital. Está preguntando por ti. —La voz de mi malvada madrastra suena al otro lado.


—Está bien, yo... umm... no puedo hacerlo ahora mismo. —Me da pánico. Mi padre nunca me hizo nada. No sabe lo que pasó. Nadie lo sabe. Cuando se trata de su esposa, sin embargo, nunca hace nada mal, ni sus hijos. Por lo tanto, nunca podría decirle la verdad.


—Sabemos que no tienes dinero, Paula. —El desprecio que tiene por mí llena su voz cada vez que dice mi nombre—. Te enviaré por correo electrónico tu billete de avión. También le conseguí uno a Brian.


Ante la mención de su nombre, el teléfono se desliza de mi mano y cae al suelo.


Pedro lo recoge.


—Habla el jefe de Paula, Pedro Alfonso. ¿Qué está pasando que la tiene tan molesta? —cuestiona en mi teléfono.


No puedo oír lo que está diciendo, simplemente me siento impotente en el mostrador de acero inoxidable en la parte posterior de la cocina. Trato de reunir el coraje de las canciones. Trato de recordar cada pieza de ropa interior de motivación en mi arsenal. Nada funciona, sin embargo. Los pensamientos rebotando en mi cabeza son demasiado ensordecedores para que nada más pase.


Brian necesita un billete de avión. ¿Dónde está? ¿Por qué no está de vuelta en California? ¿Ha estado siguiéndome?


Mi estómago gira mientras el miedo se apodera de mí.


Ni siquiera sé cuánto tiempo me siento en silencio aturdida antes de que la voz de Pedro me saque de las profundidades de la oscuridad en la que me había sumido.


—No hay necesidad de comprar su billete. Me aseguraré de que llegue.


Sin decir una palabra, finaliza la llamada y me observa. 


Puedo sentirlo incluso aunque me rehúso a levantar la mirada.


Necesitando centrar mi atención en algo distinto de mi padre y su familia, comienzo a contar las baldosas en el suelo.


Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis...


—Pau, habla conmigo —ordena Pedro.


—No hay nada que decir.


Toma mi barbilla en su mano para que lo mire a los ojos.


—No eres una mentirosa, Pau, así que no empieces ahora.


—¿Nunca has perdido una parte de ti, Pedro? ¿Realmente perder algo que nunca podrás tener de regreso?


—¿Que perdí o que me quitaron?


Las lágrimas llenan mis ojos y me encojo de hombros.


—Tal vez ambos.


—Há-bla-me. Deja de evadir todo de una vez. Puede que no te sientas fuerte, pero lo eres y no estás sola.


Dejo escapar un suspiro. ¿Puedo compartir mi más profundo y más oscuro secreto con él? ¿Puedo dejar mi pasado caer sobre él?


—Puedo decir por esa llamada telefónica, que tienes problemas con tu padre o con tu madrastra, pero está enfermo, Pau. Quiere que vayas de visita. Es obvio que no es algo que te haga sentir cómoda, sin embargo.


—Tendría que viajar a California. No puedo pagar eso.


—Pau, estás poniendo a prueba mi paciencia.


Muevo los hombros hacia atrás.


—Está bien, deseas la historia, aquí la tienes. Espero que estés listo. —Lo fulmino con la mirada por presionarme—. Tenía catorce años. Brian tenía dieciséis. Empecé a desarrollarme tarde, pero lo estaba haciendo, y tenía más senos. Brian lo notó. Puedo ver a Pedro rechinando los dientes frente a mí. La ira está creciendo dentro de él, mientras el disgusto crece dentro de mí—. Vendría a mi habitación y, al principio, me tocaría y sería amable. —A medida que las lágrimas descienden por mi rostro, Pedro mueve sus pulgares para secarlas—. A veces, no era tan malo. Sé que soy enferma y retorcida, y que todo está mal.


—No hay nada malo contigo. Te encontró joven y vulnerable, y tomó ventaja.


Niego.


—Pensé que pararía. Como, oh, que sería una cosa de una sola vez. Rayos, tal vez lo imaginé, me decía. Sólo que volvía. Cada vez que visitaba a mi papá, venía a mi habitación. Fue amable al principio... tipo como... —Hipo mientras rompo en sollozos. Pedro apoya mi rostro contra su pecho sólido y me abraza mientras lloro—. La primera vez, mi camisa terminó encima de mi cabeza porque no me moví para que me la quitara. Después de eso, mi rostro siempre estaba cubierto. Entonces, todo se intensificó. Me sentía asfixiada, Pedro. Cuando decía: “no, por favor, no lo hagas” cubría mi cabeza con mi camisa y una almohada para mantenerme callada. Era tan grande sobre mí. No me atrevía a pelear. —Me sacudo contra Pedro mientras murmuro todo eso en su pecho.
»Le rogaba a mi madre que no me enviara con mi papá. Se convirtió en mi pesadilla después de aprender lo mal que estaba. He vivido con el temor de que si tiene la oportunidad, lo haría de nuevo. —Respiro su aroma mientras lloro en la seguridad de sus brazos. Mi cuerpo tiembla mientras los recuerdos me inundan—. No le di mi consentimiento, ni siquiera me lo pidió. —Sollozo más.


—Tu madrastra, Victoria, dijo que tu padre tuvo una apoplejía. Pregunta por ti, sólo por ti. Los médicos dicen que está teniendo mini-ataques y que parece que no pueden detenerlos. Esta puede ser tu única oportunidad. ¿Quieres ver a tu papá? Quita al hijo de puta que te tocó, ¿quieres ver a tu papá? Te prometo con todo lo que soy, Paula, que nadie nunca te lastimará así de nuevo.


¿Quiero ver a mi papá? No lo sé.


Apartándome, agarro el trapo del bolsillo trasero de Pedro. 


Me sueno la nariz con eso, sabiendo que soy un completo desastre.


—Malditamente loca —dice Pedro a mi lado por mis acciones.


—Yo… —hipo—, no lo sé.


—Iré contigo. De esa manera, podrás ver a tu padre y mantenerte a salvo.


—¿En serio? —pregunto, incrédula.


Me sueno la nariz otra vez mientras Pedro simplemente niega hacia mí.


—Pau, por favor, no cuestiones mi palabra.


Lucas entra en la cocina.


—¿Todo bien?


—Gonzalo y tú tendrán que quedarse aquí por unos pocos días —le dice—. Pau y yo vamos a ir a ver a su padre.


—¿Se encuentra bien? —pregunta Lucas, acercándose para frotar mi espalda.


Niego.


—Está en un hospital en California—explica Pedro, acercándome a él.


—Seguro que puedes…


—Estoy cien por ciento seguro de que puedo confiar en ustedes dos para hacerle frente a este lugar, empezando ahora. Llevaré a Pau a casa y vamos a dormir un poco. Uno de ustedes dos nos puede llevar por la mañana.


—Por supuesto, sabes que es un hecho, hombre —dice Lucas—. Vayan.


Cuando volvemos a casa de Pedro, me conduce arriba, me desnuda, me pone una camiseta y luego retira las cubiertas.


—Métete en la cama, nena. Me hago cargo desde aquí.