HISTORIA DE Chelsea Camaron y MJ FIELDS

LENGUAJE ADULTO

miércoles, 14 de septiembre de 2016

CAPITULO 4 (PRIMERA HISTORIA)





Después de cuatro años en la Universidad de Detroit Mercy, viviendo en Holden Hall con un grupo de chicas a las que llegué a amar o evitar, finalmente soy libre. Miro hacia abajo, a la última maleta que tengo que arrastrar por el pasillo, bajar tres pisos y cruzar el patio hasta mi auto.


No tengo familia esperándome; estoy haciendo esto por mi cuenta. Mis padres viven en costas separadas con familias separadas. De hecho, lo único que tienen en común es a mí; el producto de una aventura en un viaje de negocios.


Mi padre y yo fuimos cercanos hasta que tuve once años. 


Bueno, tan cercanos como podíamos ser viéndonos solo los veranos y algunos días festivos. Conocí a Victoria una vez antes de que se casaran, que es cuando todo cambió. Junto con Victoria, vinieron sus tres hijos. Fue horrible y no podía esperar para llegar a casa con mi mamá y mis hermanastros.


Fui obligada a ir todos los veranos durante un mes entero. 


Sin embargo, en mi penúltimo año en la secundaria, dejé de ir a visitarlo.


No pude soportarlo más, y ya no tuve que hacerlo. No tenía que sentirme juzgada por su esposa. No tenía que sentir las miradas de mis hermanastros. Las miradas que me hacían sentir como si fuera rara o una intrusa en las vidas de Carlos y Javier. Sobre todo, no tenía que lidiar con Brian, quien una vez fue mi compañero de juegos y con el tiempo se convirtió en algo completamente diferente. No tenía que lidiar con ninguno de ellos.


Por otro lado, mi padre era comprensivo, amable y teníamos nuestro propio vínculo especial. Simplemente estaba demasiado absorto en Victoria y en mantenerla feliz para ver todo lo que sucedía a su alrededor. Cuando dejé de visitarlo, mi papá se negó a pagar por mis estudios. Debería decir que Victoria se negó a pagar lo que sea que tuviera que ver conmigo.


Mi madre es una mujer fuerte, pero también es orgullosa, así que cuando él le informó que no me ayudaría, ella le dijo que se fuera al infierno. Su alguna vez amistosa relación de crianza compartida, rápidamente se convirtió en una de tolerancia por la existencia del otro.


Lanzo mi última maleta en mi auto —el que estoy segura no va a durar más de otro mes—, y luego la abro para recuperar las llaves y dárselas al residente supervisor5. En su interior, veo el papel enrollado; el simbolismo de mi carrera de licenciatura en trabajo social. Debería sentir una sensación de logro. El simple documento contiene mi futuro en tinta, que prácticamente se sigue secando en el papel.


Sin embargo, logro no es lo que siento. No. En su lugar, siento la presión de los préstamos estudiantiles cerniéndose sobre mí. Los préstamos que son interminables, mientras que en este momento solo tengo un puesto de asistente en un hospital hasta que complete mi maestría, algo que no va a suceder en un tiempo.




5Residente supervisor: es el que está a cargo de otros residentes en la universidad.

CAPITULO 3 (PRIMERA HISTORIA)




Entro en el bar un viernes por la mañana, después de mi carrera con Floyd a lo largo de la orilla del río. No abrimos hasta el mediodía, pero tengo que hacer órdenes de pedido para la semana que viene.


Enciendo la cafetera en la cocina y luego me dirijo detrás de la barra. El lugar se ve como el infierno. Será mejor que haya sido una jodida noche concurrida.


La camarera de lunes a viernes, Lola, está volviéndose perezosa. Juro por la mierda, que pasa más tiempo aplicándose esa mierda brillante en los labios que haciendo el trabajo por el que se le paga.


La ética de trabajo brilla por su ausencia en la actualidad. 


Todo el mundo quiere algo gratis.


¿Qué pasó con el trabajo duro, la perseverancia, la dedicación y la determinación?


Vi a mi mamá romperse el trasero durante años. A pesar de que escuché un millón de veces: “Este es mi bar”, saliendo de la boca de mi viejo, era mamá la que tenía esas cualidades —las que se necesitan para dirigir un negocio—, no él.


Suspirando, limpio el lío pegajoso que quedó de anoche en la vieja barra de roble. Uno de los cuatro fregaderos debajo de la barra no se vació completamente, así que meto la mano, saco las rodajas de limón y las arrojo a la basura que no fue sacada. Los refrigeradores no están abastecidos, las bandejas de frutas están sobre el hielo derretido bajo el grifo de refrescos, y estoy listo para jodidamente explotar.


Cuando camino alrededor de la barra y miro hacia abajo, descubro que el jodido piso no ha sido barrido ni fregado y hay ceniceros llenos en las mesas del bar. Y encima, tengo más de una hora de papeleo y órdenes de pedido antes de que pueda comenzar con la maldita limpieza. Los pedidos tienen que ser realizados, o no conseguiré una entrega el lunes cuando el bar esté cerrado, y estaré jodido.


Decido que la prioridad está en hacer los pedidos, así que me dirijo de nuevo detrás de la barra y subo las escaleras entre la cocina y la parte posterior del bar hacia mi oficina.


Entro y allí está la vieja Lola, con el trasero al aire, acostada sobre la cintura de mi viejo.


—¡Levántate! —le grito.


Ella se sobresalta.


—Oh, Dios. Oh, Pedro


—Lárgate de mi puta oficina. Tú, también, viejo.


—Cuida tu tono conmigo, muchacho. —Me fulmina con la mirada mientras se sienta.


—No voy a cuidar una mierda, viejo. ¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿Y qué demonios estás haciendo con mi empleada?


—Creo que es obvio lo que estoy haciendo aquí, hijo —masculla, al tiempo que se pone de pie.


—Saca tu patético trasero fuera de aquí. —Señalo hacia la puerta—. Lola, lamento esto…


—Nos amamos —dice y comienza a llorar.


—¿En serio? —Fuerzo una risa y sacudo la cabeza cuando miro el lamentable trasero de mi viejo, mientras se abotona el pantalón.


—Sí —responde ella y toma su mano—. Hemos estado enamorados desde hace un año.


Lo miro, esperando que niegue este “amor”. Mierda, durante el tiempo en que he estado vivo, nunca escuché que le dijera esa palabra a mamá o a cualquiera de nosotros. Sin embargo, la negación nunca llega.


—¿Un año? ¿Así que mamá todavía estaba viva?


Aún no hay respuesta, y en ese momento, la caridad deja de existir.


—Saca tu mierda del apartamento. Y, Lola, estás despedida. 
Es posible que quieras hacerte un chequeo, también. Su polla es un arma.


—¿Cómo te atreves? ¡No puedes hacer eso! —me grita papá.


—Está hecho. Ahora, lárgate de aquí. —No grito, no peleo. 


En realidad, esto es jodidamente perfecto.


Él había estado bajo la protección de mi madre durante toda mi vida y permaneció de esa manera a través de los efectos secundarios del entumecimiento de mi dolor en este último año.


El primer paso en el proceso de duelo es la negación y el aislamiento. Mis hermanos y yo rechazábamos la palabra terminal, pero con solo un aviso de fallecimiento de dos meses, no hubo tiempo para escondernos. El siguiente paso en el proceso de duelo es la ira. Me he quedado atrapado en eso desde hace tiempo hasta ahora. Incluso, hay fases en esta etapa en particular. Me enojo y luego me siento entumecido. Entonces, antes de darme cuenta, vuelvo a estar enojado otra vez.


Lola está limpiándose el rímel corrido de su rostro. Puedo oír a mi padre murmurarle:
—Supongo que estábamos destinados a ser tú y yo. —Le pone la mano en el trasero mientras me observa por encima de su hombro, dándome su mirada fulminante. Es la misma mirada que antes hacía que mi madre y nosotros nos encogiéramos de miedo, pero ahora no tiene ningún peso sobre mí.


—Va a durar tanto tiempo como ella mantenga tu vale de comida —le respondo, mientras Lola sacude la cabeza y siguen caminando alrededor, recogiendo sus cosas.


Me dirijo abajo para volver a trabajar. Él no tiene más control sobre esta familia.


—¿Perdiste a otra? —Lucas entra tranquilamente al bar y se ríe. Su suposición se basa en el obvio jodido desorden que está mirando alrededor.


—Tal vez —respondo evasivamente.


—En serio, hermano, necesitas aprender a ser agradable con los demás.


—Mira, a menos que estés aquí para pasar otra noche, animarte un poco, no quiero oír mierda.


—Me gustaba Lola —dice, mientras se sienta al otro lado de la barra.


Llevo un dedo delante de mi boca, para que se quede callado, y señalo hacia arriba.


—¿Oyes esos tacones en las escaleras de madera en el apartamento?


Cuando me mira como si no tuviera idea, levanto una ceja y sacudo la cabeza.


—¿En serio? —pregunta en el momento en que se da cuenta.


—Acabo de encontrarlos en mi puta oficina. Le dije hace un mes, cuando lo atrapé robando de la caja, que estaba fuera. Que no pusiera un pie en mi jodido lugar de nuevo, o empacaría su mierda.


Asiente y luego sacude la cabeza. Entonces, sus puños se aprietan mientras se toma un momento para mirar hacia abajo.


—¿Qué vas a hacer? —pregunta finalmente.


—Está empacando su mierda.


—¿Lo dices en serio, hombre?


Hay una mirada traviesa en sus ojos, haciendo a mi hermano menor parecer casi feliz. Se ve bien en él. No lo he visto así en un largo jodido tiempo.


—Tan jodidamente en serio como el cáncer terminal.


Algunas personas no encontrarían eso divertido ni en lo más mínimo, pero ellos no son los Alfonso. Si no somos capaces de encontrar humor en nuestras desgracias, no reiríamos nunca en nuestras malditas vidas.


Levanto la vista cuando la puerta se abre para ver a mi amigo Johnny, el policía. Es algo característico de él pasar por el bar en una mañana fría y tomar una taza de café.


Lucas se pone de pie para saludarlo.


—¿Tengo fianza?


—Estás jodidamente bromeando, ¿verdad? —Sacudo la cabeza cuando miro sus nudillos, y no, no está bromeando.


—Lucas, sabes que tengo que arrestarte. —Johnny está furioso—. Le sacaste la mierda a golpes a tu casero.


—Su hija estaba llorando. La escuché a través de la pared, abrió la puerta y salió corriendo por el pasillo. El hijo de puta la estaba persiguiendo con un cinturón.


—¿Así que le diste una paliza? —pregunta Johnny, tomando la taza de café que le sirvo en la barra—. ¿Qué tal llamar al 911? Ese es mi trabajo, hombre. Ahora ella está tan asustada que no quiere hablar y no va a presentar cargos…


—¿Qué quieres decir con que no va a presentar cargos? —La vena de Lucas está a punto de estallar en su cuello—. Tenía marcas de golpes en su puto cuello, Johnny. Es una maldita niña; necesita que alguien…


—Tiene diecisiete. No puedo obligarla a hacer una mierda, ¿me oyes? —declara Johnny y luego señala hacia la puerta—. Orden de restricción, por lo que consíguete un lugar donde vivir y cuando el juez te pregunte dónde trabajas, ¿qué vas a responder? ¿Destrozo personas en almacenes abandonados mientras otros se quedan parados y observan? Eso es jodidamente ilegal.


—No, hombre, tengo trabajo. —Lucas se ríe—. Soy un puto astronauta. Acabo de volver de la luna anoche. La mierda se ve bien allá arriba.


—La última vez, le dijiste al juez que eras un jodido practicante de ginecología y eso te consiguió una semana en el condado.


Lucas sonríe y me mira.


—¿Tengo un lugar para vivir?


—Por supuesto que sí. —Me apoyo contra la barra y cruzo los brazos sobre mi pecho.


—Trabajo aquí, ¿verdad? —Lucas me guiña un ojo.


—Sí, hombre, lo haces. Llámame después de tu sesión de fotos y huellas dactilares. Iré a recogerte.


Después de eso, los observo marcharse. Solo Lucas puede subirse en el asiento trasero de un patrullero como si fuera un maldito taxi. Luego, veo al viejo y a Lola, la puta del bar, pasar con bolsas de basura desde el callejón lateral. Deben haber salido por la puerta de atrás. Al diablo con ellos.


Siento un peso levantarse de mis hombros justo antes de que la culpa me invada. Debería haber echado a patadas su trasero hace años. Entonces, tal vez mamá hubiera prestado más atención a los pocos síntomas que tenía, los calambres y esa mierda. Ella no habría pensado que eran solo las tensiones diarias por trabajar demasiado duro. Las tensiones diarias que conocía muy bien eran por tener que lidiar con su patético trasero.


Desearía tanto poder volver atrás.


¿Sabes cuál es el tercer paso en el proceso de duelo? La negociación. En este momento, eso es lo que estoy haciendo. Si hubiera hecho esto... Dios, si hago esto, ¿harás que la pérdida se sienta menos dolorosa?


Sí, esa mierda es lo que estoy haciendo en este momento.


 ¿Me molesta? Demonios, sí. Pero también acepto esta nueva etapa en la vida.


Vamos. Por. Ella.





CAPITULO 2 (PRIMERA HISTORIA)





Cuando piensas en Motor City, piensas en la pobreza, pero lo que le falta a Detroit en clase y elegancia, lo compensamos con bares. Tienes el Two Way In en la calle Monte Elliott, el Nancy Whiskey en Harrison, el Old Miami en Cass, el Greenwich Time en la plaza Cadillac, el Kwicky en 8Mile, el Marshalls en Jefferson, el Jumbo’s en la Tercera, a The Painted Lady en Hamtramck, a My Dad’s Place en Kercheval y a Alfonso’s en Atwater.


Conoces el tipo de lugares de los que estoy hablando; antros sin ventanas en la esquina con el cartel de High Lifeparpadeando, porque sabes que el cartel es tan viejo como la pintura descascarada del edificio del que cuelga. El cartel parpadeante te atrae. Tienes que entrar para ver qué demonios está pasando ya que no puedes mirar por las ventanas, y suena como que podrías estar perdiéndote algo si no lo haces.


Están selladas con paneles de madera, porque tuvieron arrestos hace dos noches cuando el lugar fue robado por los malditos matones que caminan de un lado a otro por las calles, vendiendo caramelos un minuto y mendigando dos horas más tarde. Los pedazos de mierda son ingeniosos, voy a concederles eso, pero mi sugerencia es consigan un maldito trabajo, vagos.


Hace un tiempo, cuando las fábricas de automóviles dominaban la zona, las cosas no se veían tan deterioradas.


Todo estaba vivo y activo. La zona aún estaba repleta de bares. Sus propietarios ganaban bastante dinero, también.


Al final de cada calle, había un antro que servía High Life helada de barril y tragos de dos dólares. Había entretenimiento y diversión disponible en todas partes. 


Siempre se podía conseguir una comida rápida decente en la hora del almuerzo, una presentación en vivo durante la noche, y los camareros te hacían sentir como si estuvieras en casa y como si fueras de la familia.


Mi viejo ganó el título de Hooligansen una pelea de perros. Puesto que estaba bien situado en el distrito Rivertown, cerca del parque Chene, realmente obtuvo un premio en aquel momento. Al instante, estuvo acumulando dinero y follando mujeres. Fue entonces cuando conoció a mamá.


Ella cantaba, tocaba la guitarra y tenía una cantidad decente de seguidores para una presentación solista. Él tenía treinta y ella veintidós. Ella cantaba en su bar todos los miércoles por la noche y, con el tiempo, empezó a trabajar en el lugar tres noches a la semana. Como muchas de sus camareras, se enamoró de su mierda y terminó embarazada de mí en menos de dos meses desde el momento en que se conocieron.


La llevó a vivir con él a su apartamento arriba del bar y aceptó convertirse en padre. Quería hacerlo mejor que su viejo. ¿No es esa la verdad en la vida, simplemente hacerlo mejor? ¿No nos esforzamos todos para eso?


Con el tiempo, el encanto se acabó. Él empezó a serle infiel. 


Cuando ella lo confrontaba, él la doblegaba emocionalmente. 


Ella se rompía el trasero para mantener el bar limpio y él se rompía el trasero bebiéndose las ganancias. Luego, llegaron dos niños más y ella estaba rompiéndose el trasero para criar a sus tres hijos además de mantener su negocio a flote.


Cuando la economía en Detroit se deterioró, él perdió lo que quedaba de su mente. Comenzó a perseguirnos con mierdas estúpidas como leche derramada, un Lego en el suelo, lo que sea. Demonios, el viento soplaba en la dirección equivocada y se desquitaba con nosotros.


Mamá empezó a interponerse con:
—Muchachos, vayan a su habitación.


Por supuesto que hacíamos lo que nos decían, pero escuchábamos toda la mierda. Lo oíamos golpearla. No era mejor que verlo, tampoco. Estábamos indefensos, mientras los sonidos de cada golpe se hacían cada vez más ensordecedores en nuestros pequeños oídos. Es curioso cómo, en el momento, la adrenalina se activa y los instintos van a toda marcha. Cada ruido se vuelve más fuerte, más claro, y se queda contigo durante mucho tiempo. Todavía puedo oír esa mierda en mis sueños.


A medida que fui creciendo y me volví más alto que él, comencé a interponerme. Peleábamos, puño a puño, hasta que uno de nosotros no se movía. En un primer momento, era yo. Luego, cuando tenía diecisiete años, finalmente fue él. El hijo de puta también lo supo.


Le rogué a mamá que se mudara, pero se negó a abandonar su hogar y a su familia. Ponía excusas por él, decía que esa era la forma en la que fue criado.


Dejó de atacarnos desde el momento en que le rompí la nariz. Odiaba al bastardo, y cuando Gonzalo fue lo suficientemente grande, me fui de casa. Sin embargo, seguía viendo a mamá todos los días. No podía pasar ni un día sin verla a ella o a mis hermanos. Necesitaba asegurarme de que estuvieran bien, pero también sabía que, si me quedaba, lo mataría y estaría en la prisión estatal en un año.


Perdió el título Hooligans debido a que el maldito imbécil apostó contra el luchador clandestino equivocado. ¿Quién era el luchador contra el que apostó? Mi hermano, su propio hijo. ¿Quién hizo que perdiera? Yo. El hijo de puta ni siquiera lo supo hasta una semana más tarde.


Le permití que se quedara en el apartamento arriba del bar, no por él, sino por mamá.


Había estado trabajando para un contratista, arreglando viejos almacenes y convirtiéndolos en apartamentos durante años. Incluso gané lo suficiente como para comprarme mi propio lugar.


Arreglé el segundo y tercer piso, haciéndolos habitables. Es un amplio espacio abierto, con dos dormitorios, dos baños en el segundo piso y un ático en el tercero. El primer piso alberga un garaje impresionante. Es donde gasté el resto de mi dinero; en mis herramientas, mis juguetes y mis autos.


Me doy la vuelta para encontrar a mi pitbull, Floyd, acaparando la cama como de costumbre. Ella —sí, Floyd es una perra—, es una obvia acaparadora de camas.


Cuando la encontré, tenía puesto un collar rosa con clavos que estaba hundido en su cuello. Me puse en cuclillas y se lo quité a la pobre chica, y me lo permitió. Luego, salió disparada y la seguí hasta un almacén abandonado, entrando en una jodida escena que, hasta el día de hoy, hace que mi estómago se revuelva. Malditas peleas de perros.


Mi viejo ama esas peleas olvidadas por Dios, mientras que yo las desprecio.


Llamé a un amigo policía que conocía de la secundaria, al tiempo que entraba en un callejón exterior y luego esperé. 


Cuando los hijos de puta que dirigían el circuito fueron arrestados, junto con los espectadores, vi a los de la SPCA llevarse a los perros. Floyd me miró, le devolví la mirada, y supe que sería mía.


—Floyd, en serio, perra… —Me río, mientras lame mi rostro—…bájate.



2High Life: marca de cerveza americana.
3Hooligans: es un anglicismo utilizado para referirse a aquella persona que produce disturbios o realiza actos vandálicos, que en ocasiones pueden derivar en tragedias.



CAPITULO 1 (PRIMERA HISTORIA)





Bip. Bip. Bip. Las máquinas que rodean a mi madre suenan a nuestro alrededor como lo han hecho durante las últimas semanas. Los días se amontonan, y ya no sé la fecha, ni me importa. El mundo se mueve a paso de tortuga, mientras mi mundo se encuentra en esta cama, inmóvil.


Su cuerpo es una frágil comparación de lo que era antes. Su peso disminuyó a la vez que su salud se deterioraba lenta, dolorosa y despiadadamente. La vida estaba siendo literalmente succionada de su pequeña figura poco a poco.


Ver a la mujer que realmente es nuestra roca, nuestro soporte y nuestra gracia salvadora desmoronarse, ha hecho mella en todos nosotros. Es aterrador saber lo fuerte que ha sido toda la vida, sin embargo, no puede vencer el cáncer que consume su cuerpo.


Cuando mamá nos informó que estaba enferma, traté de encontrar una manera de enfrentar el diagnóstico.


—El cáncer es terminal —nos dijo mamá cuando insistió en que fuéramos al apartamento para cenar.


Mi papá estaba lo más cercano a las lágrimas de lo que alguna vez lo había visto, mientras ella nos decía que estaba bien. Trataba de asegurarnos que era mejor que morir sin notarlo, que estaba feliz de tener la oportunidad de decirnos adiós.


Todos la acompañamos para ir a ver al doctor; papá, Lucas, Gonzalo y yo. El doctor nos mostró los exámenes y nos explicó que el cáncer se había iniciado en el cuello uterino, causado por el VPH.1 Mamá no se había hecho una prueba de Papanicolaou en años, no desde que Lucas tenía cinco años.


El cáncer se había extendido y no había absolutamente nada que pudieran hacer. El doctor sugirió que tomáramos el resto de su tiempo aquí como un regalo y sacáramos el máximo provecho de él. Le rogamos que buscara una segunda opinión. Ella dijo que ya lo había hecho.



Nuestra madre había sabido que se estaba muriendo desde hace dos semanas y solo se lo había dicho a mi papá quince minutos antes de que llegáramos al apartamento.


Durante nuestra infancia, papá fue un cruel hijo de puta. Se emborrachaba y entraba tropezando, queriendo golpearnos a los tres. Mamá nos ocultaba en la pequeña habitación en la parte de atrás de nuestro apartamento, mientras hacía lo que podía para intentar calmarlo. Ahora que pienso al respecto, diciéndoselo de la forma en que lo hizo fue probablemente su primer y último golpe para el viejo.


Era su vida, su manera. Él le había hecho esto al follar con una mujer, contrayendo una enfermedad, transmitiéndosela a ella, y no había forma de que lo hubiera sabido, pero se iba a ir en sus propios malditos términos.


En los dos últimos meses, mamá había sido miserable con él, provocando peleas y mierda como esa. El viejo nos dijo que era el cáncer, porque su chica nunca lo trataría así.


¿Su chica? Si alguna vez encontraba a una chica y decidía llamarla mía, seguro como la mierda que nunca la engañaría con otra persona. Ese hijo de puta tenía suerte de estar respirando.


Hace dos días, mamá regresó al hospital probablemente por última vez, pero antes de que lo hiciera, le pidió que se fuera, y papá lo hizo sin discusión. Lucas fue a buscar al viejo ayer y le dijo que tenía que ir a hacer las paces con ella. Mamá le insistió a Lucas que no hiciera eso, y aún no sabe que mi hermano lo intentó. Sin embargo, el bastardo no va a venir. La estocada final del enfermo hijo de puta.


—Muchachos —dice mamá con voz ronca, sin abrir los ojos.


Gonzalo, mi hermano del medio, inmediatamente se acerca a su lado, agarrando sus escuálidos dedos. Lucas, mi hermano más joven, se encuentra al final de la cama y se estira para tocar su pie, lo que le provoca hacer una mueca de dolor. Yo estoy a su otro lado, acariciando su cabeza que está perdiendo sus rizos mechón por mechón.


—Estamos aquí, mamá. Tus hijos están aquí —le informa Gonzalo.


—Está llegando el momento. —Ella respira profundamente, al tiempo que el pitido de las máquinas se hace más fuerte, haciendo que mi propio ritmo cardíaco se acelere.


—No... el doctor... dijo... —Lucas se está ahogando con sus palabras, mientras se aparta de la cama para caminar de un lado a otro y conseguir sus emociones bajo control.


—Quiero pedirles disculpas, muchachos. Sé que no fue fácil crecer en esta familia. Su padre no era un buen hombre y debería haberme ido. —Respira con dificultad y mi corazón prácticamente se detiene.


—Solo detente, mamá. Está bien. No hay nada por lo que debas disculparte. —Sigo pasando la mano por su cabeza, tranquilizándola.


—Sean los hombres que crié. No tengan un corazón duro para el amor como les he enseñado. Me equivoqué al quedarme. Me equivoqué en no haberles dado un buen ejemplo. —Cada palabra sale con dificultad y con una tos.


Quiero decirle que el amor entre un hombre y una mujer no existe. Deseo, necesidad, pasión, lujuria, todas esas emociones y deseos suceden, pero, ¿amor? No solo no existe, sino que jamás en la vida ocurre. El amor es una ilusión. Es lo que las madres alimentan en sus hijas a través de los cuentos de hadas para darles esperanza. Es lo que los hombres utilizan para engañar a las mujeres en la cama. 


Está lejos de ser real.


—Mamá, eres todo lo bueno de cada uno de nosotros —susurra Gonzalo.


—Son todo lo bueno que he hecho en mi vida. Gracias por cuidar de mí —responde con voz ahogada.


—Mamá, ¡mierda! —Paso los dedos por mi cabello corto y en punta—. No tienes que agradecernos nada. Te encargaste de nosotros toda nuestra vida. Solo aguanta, mamá. Lucha un poco más. Te daremos el mejor cuidado que podamos en casa.


—Pedro, tienes que dejar que me vaya, hijo. Los tres, es hora de que me dejen ir. Vengan aquí y díganme que está bien. Háganlo bien, muchachos. Díganme que estarán allí para el otro. Que encontrarán buenas mujeres y que tendrán bebés. Perpetúen el apellido de mi padre y denle a sus hijos lo que yo no les di a ustedes.


Mamá nunca se casó con papá. Se aseguró de que tuviéramos su apellido, no el de nuestro donante de esperma. La razón por la que se quedó, nunca la voy a entender. Aunque, tal vez nunca lo entienda.


Bip.


Hay una pausa, una vacilación.


Bajo la cabeza con derrota.


—Prométanmelo, muchachos. Dejen un legado de bien en un mundo de maldad —dice con voz ronca, mientras las lágrimas caen de sus ojos todavía cerrados.


—Mamá... Suplica Gonzalo.


Bip.


Pausa.


Pausa.


El siguiente pitido debería llegar y no lo hace.


—Muchachos —murmura.


—Sí, mamá. Nos vamos a cuidar entre nosotros y seremos tu legado. —Lucas se acerca, sin poder contener las lágrimas, mientras se apoya en mí para sostener la mano de nuestra madre.


Bip.


Pausa.


Pausa.


Pausa.


—Los amo, muchachos. Los. Amo. A. Cada. Uno. —No es más que un susurro, mientras observamos el salto en las líneas volverse cada vez más separado.


—Te lo prometo, mamá. Te amo —dice Gonzalo, a la vez que sus lágrimas caen en sus brazos.


—Cualquier cosa por ti, mamá —asegura Lucas con voz ahogada.


Ya no siendo capaz de ser fuerte, sollozo mientras beso su frente que se está poniendo fría. El sonido de gorgoteo viniendo de ella no hace nada para acallar los latidos de mi propio corazón. Las palpitaciones que antes sonaban al ritmo de las máquinas, ahora resuenan con fuerza en mis oídos. Siento que mi cabeza va a explotar, al tiempo que le doy a mi madre el regalo que está pidiendo.


—Estaremos bien, mamá. Está bien, ya puedes irte. —Mi última frase termina en un susurro, con las palabras apenas habladas, mientras nos deja.


Sus ojos se cierran, los sonidos cesan, y todo a nuestro alrededor se queda en silencio.


A las tres y dieciocho p.m. del veinticuatro de enero del dos mil doce, mi mundo se detiene y se inclina sobre su eje.


 ¿Alguna vez la vida estará bien de nuevo?